
Al fin me decidí y abrimos la bolsa de leche de la tienda.
Llevaba tres meses sirviendo de talismán tranquilizador contra el desastre. Ahí guardada nos daba seguridad por si no aparecían las dos libras de leche en polvo que una vecina nos vende puntualmente cada quince días.
Esta vez esgrimí el argumento de que el talismán lácteo no podía quedarse en su altar, de reserva por toda la eternidad. Si la dejábamos ahí pronto se convertiría en piedra. No habría dios que la pudiera usar, excepto como un arriesgado proyecto de dulce de leche.
¿Por qué desastre? podrían preguntar. Pues tenemos en casa un adolescente de trece años, que en siete meses ha crecido a toda velocidad hasta alcanzar la escalofriante estatura de 1.77 metros. Además una anciana de setenta y dos años, muy entusiasta y vital ella, pero no por eso menos viejita. Bueno, estas dos personas maravillosas, colocadas en los extremos del balance de edad de esta familia, beben leche todos los días en el desayuno, y a veces un vasito por la noche.
Es una excelente costumbre alimentaria. Y aunque tantos expertos digan que a partir de los seis años ya la leche no es imprescindible para el desarrollo y la supervivencia, a mí no se me quita de la cabeza que mis abuelas y tantas abuelas antes de ellas, insistían en lo buena que era la leche para los huesos y los dientes, e incluso como remedio para corazones rotos.
Debido a las incertidumbres en la distribución de cualquier cosa, tener una reserva estratégica siempre ha sido parte de la política económica de esta familia. De un tiempo a esta parte, la administradora de la cocina soy yo, y soy una administradora feroz.
Nací en el año ochenta, cuando todavía había litros de cristal llenos de leche, a peso por unidad y para cada familia un día sí y un día no, por la libreta. Llegó a estar por la libre y podías comprarte un vaso de leche fría, caliente, con café o con chocolate en cualquier cafetería. Tomé bastante leche en mi infancia.
Como tantas cosas, ese maná desapareció en los noventa, y temo que me quedé traumatizada. Buena parte de mis malacrianzas en el ejercicio de la administración tienen mucho que ver con mi trastorno de estrés post traumático de haber vivido los 90.
De mi abuela paterna heredé un dicho que la familia asumió en esos tiempos «si hay que elegir entre vestir y comer o entre comer y cualquier otra cosa, elige comer»
Así que abrí la bolsa de leche, ahora que hay de la otra. Le estoy preparando un par de vasos a mis tesoros, para la noche. Y que sea lo que el hada de las vacas quiera.
https://kykubihome.wordpress.com/2020/09/28/a-mi-la-jama-me-respeta/?preview=true
Mi reino por una bolsa de leche! El rey Lear no sabía nada 😅
Me gustaLe gusta a 1 persona
Terrible lo que hace la crisis
Me gustaLe gusta a 1 persona
Quiero dulce de leche!
Me gustaLe gusta a 1 persona