Cuántico

Cuando empezó el verano y terminé la escuela, volvimos a la vieja finca familiar. Allí alimentamos a un gato negro que nos recibió con alegría. Al día siguiente había dos, y le dimos también algo de comer al nuevo gato.

Pero ya al tercer día había otro, y al cuarto, otro. Y cada día, a lo largo de dos semanas, iban apareciendo nuevos gatos negros.

No teníamos problemas con alimentar a muchos felinos. No era la primera colonia que se instalaba en nuestra finca cuando estaba ocupada. Pero era sumamente extraño que todos fueran negros y tuvieran más o menos la misma edad y tamaño. No había cachorros, ni gatos ancianos. Todos eran perfectas bolas de pelo oscuro, sin una mancha.

Al final los aceptamos y mi mamá los llamaba «Nuestro pequeño rebaño de demonios»

Hasta un día en que lastimé sin querer la pata delantera de uno de ellos. Se había colado en la cocina y lo quemé por accidente.

Curé al pobre felino lo mejor que pude y lo dejé ir. Al atardecer, cuando los llamamos a cenar, todos acudieron cojeando.

4 comentarios

Deja un comentario