
Cuando empezó el verano y terminé la escuela, volvimos a la vieja finca familiar. Allí alimentamos a un gato negro que nos recibió con alegría. Al día siguiente había dos, y le dimos también algo de comer al nuevo gato.
Pero ya al tercer día había otro, y al cuarto, otro. Y cada día, a lo largo de dos semanas, iban apareciendo nuevos gatos negros.
No teníamos problemas con alimentar a muchos felinos. No era la primera colonia que se instalaba en nuestra finca cuando estaba ocupada. Pero era sumamente extraño que todos fueran negros y tuvieran más o menos la misma edad y tamaño. No había cachorros, ni gatos ancianos. Todos eran perfectas bolas de pelo oscuro, sin una mancha.
Al final los aceptamos y mi mamá los llamaba «Nuestro pequeño rebaño de demonios»
Hasta un día en que lastimé sin querer la pata delantera de uno de ellos. Se había colado en la cocina y lo quemé por accidente.
Curé al pobre felino lo mejor que pude y lo dejé ir. Al atardecer, cuando los llamamos a cenar, todos acudieron cojeando.
Doppelgängers felinos.
Me gustaLe gusta a 1 persona
Buenísimo relato, Kykubi.
Como te enemistes con uno ya sabes lo que te espera. 😜
Si miras fijamente la fotografía te da un yuyu que te desmayas.
Un abrazo.
Me gustaLe gusta a 1 persona
Es un solo gato 🤣🤣🤣🤣
Me gustaLe gusta a 1 persona
Genial!!!
Me gustaLe gusta a 1 persona