Odio a Scott Card (I)

No fue La Saga de Ender lo primero que leí, sino “Maestro cantor”, y poco faltó para que echara a la basura el libro y al escritor. No porque la historia no fuera fascinante en sí, sino porque leer durante casi diez páginas una descripción de lo más complicada de todo lo que estaba pasando en la mente de un solo personaje, complejo por demás, estuvo a punto de acabar con mi paciencia.

Por suerte no cerré el libro de forma definitiva, sino por una semana más o menos.

Curiosamente “Maestro cantor” es tal vez una de las historias de Scott Card mejor logradas en cuanto a construcción de personajes, seguida muy de cerca por “Esperanza del venado”. Sin embargo, cuando hablamos de Orson Scott Card, lo que viene a la mente de los lectores de forma inmediata e irremisible, es la saga de Ender.

Scott Card y la religión

Oscura como el pecado e igualmente luminosa y suculenta la calificó un amigo, cómplice de lecturas clandestinas. Tratándose de un autor cuya formación religiosa es en extremo radical, usar las palabras “pecado” y “suculenta” como calificativos de una de sus obras, por fuerza tiene que hacer a los lectores querer acudir corriendo a leerle para ver en dónde radica la contradicción.

No obstante, ese mismo amigo que calificó de un modo tan perversamente atractivo la saga de Ender, me recomendó enseguida que leyera primero “Esperanza del venado” y “Maestro cantor”, a Ender podía dejarlo para después.

Con una formación religiosa muy estricta en la Iglesia de los Santos de los Últimos Días, Scott Card podría simplemente haber encausado su obra creativa en exclusiva por el camino que en sus inicios tomó, centrado más que nada en análisis histórico religiosos de las bases fundacionales de su religión, ensayos sobre modos de educar en su credo y obras de teatro breves, igualmente de contenido religioso y de carácter proselitista o catequizador. Sin embargo, con su salto a la fantasía y la ciencia ficción podría considerarse que los lectores ganaron una visión más del género, desde la perspectiva de un devoto.

La construcción de líderes prácticamente desde el embrión, los éxodos, los dilemas éticos y religiosos de nuestros tiempos, sumados a búsquedas y crecimientos personales al mejor estilo camino del héroe, son el sustrato temático de donde bebe para crear su obra este autor, quien, no obstante defender criterios bastante retrógrados en otros espacios, los cuales filtra levemente a sus historias, en la narrativa trae una excelente propuesta merecedora de ser tomada en cuenta.

Pero mejor aún: Card y la literatura

En el año 1977 Ben Bova, editor de Analog, le descubrió como narrador de ciencia ficción y diríase que fue para Scott Card como una epifanía: no estaba divorciada de su concepción religiosa la creación en este género.

Del curioso maridaje establecido por el autor entre ambas líneas, una religiosa y la otra puramente creativa y proyectiva, quedan como secuelas muchas contradicciones y preconceptos visibles en su discurso narrativo. De estos que se agarran sus detractores para calificarlo de buen fabulador pero narrador sectario, propenso a predicar mensajes tendenciosos implícitos en el modo de actuar y decir de algunos de sus personajes y en los conflictos que se generan a veces de modos no del todo creíbles, forzados, guiados por una lógica dictada por la vocación mormona.

Entre el 77 y el 85 publica varias novelas y cuentos novelizados entre los que se destacan “Un planeta llamado Traición” (1978), “Maestro cantor” (1979) y “Esperanza del Venado” (1985)

A partir del descubrimiento por Analog, ha publicado la mayor parte de sus primeros relatos en dicha revista y en OMNI. Es en el año 1978 cuando recibe el Campbell Award al mejor autor novel, y su obra comienza a recibir más atención por parte del público. Sus relatos “Capitol” (1979), “Hot Sleep” (1979), novela que reescribió más tarde como “La crónica de Worthing” y “Unaccompanied Sonata and Other Stories” (1980) y otros, revelan un mayor interés en los aspectos emotivos y psicológicos de los personajes.

Esta tendencia aleja al autor, como a otros de los ochenta, de la llamada ciencia ficción dura, centrada en la divulgación tecnológica y las ciencias puras. Por otro lado, no podemos tampoco calificar su obra de perteneciente a la mal llamada ciencia ficción blanda, más dirigida a los aspectos humanos y a los dilemas sociales con un estilo lírico, lleno de imágenes poéticas.

Y llegamos a Ender

La obra de Scott Card se queda en una especie de punto intermedio científico, político, social y tecnológico donde él y otros autores desplegaron, usando un estilo concreto y agudo, mundos enteros de futuros posibles, algunos no demasiado alejados de nuestro hoy y, en cierto modo, derivados de realidades modernas.

Más bien como si proyectaran en sus relatos el camino que seguirán tendencias actuales como la carrera armamentista, los pactos entre naciones, la manipulación gubernamental, los siempre amenazantes apocalipsis guerreristas, la migración, el fanatismo y la violencia.

En el año 1985, su cuento corto “El Juego de Ender” obtuvo los premios Nébula y Hugo. Posteriormente alarga la historia hasta convertirla en una novela, de mejor acogida en el público que el relato original. El tema tradicional de Scott Card, el proceso de crecimiento y maduración de un niño, sometido por el medio y los adultos a desafíos más allá de los que a su edad debería afrontar, constituye el eje de esta novela.

La obra ha resultado popular entre el público juvenil sobre todo por el hecho de que algunos sucesos a los que este segmento poblacional se enfrenta día a día aparecen muy bien retratados, y no desde la visión de un adulto que escribe para niños, sino desde la visión de Andrew Wiggins.

El tercer hijo

Este niño, que en la era del control de natalidad ha sido marcado desde la misma concepción (sus padres reciben la autorización, casi mandato, de tener un tercer hijo cuando solo se permiten dos) como última esperanza de la Humanidad para aniquilar la amenaza alienígena de los insectores, sufre muchos de los males que aquejan a una parte de la infancia.

El bullying, el distanciamiento entre padres e hijos, el maltrato psicológico infantil y la sobre exigencia institucional son fenómenos que oscurecen la trama y se erigen en combates que el protagonista debe librar para ir subiendo niveles en su desarrollo como futuro almirante de la Armada de la Humanidad.

Por boca de los adultos involucrados en el adiestramiento militar del niño de seis años, se justifica cada agresión sufrida por este como único medio de “despertar” sus capacidades de líder y combatiente en la última ofensiva humana contra los planetas insectores. El deseo de perfección, la empatía, la búsqueda de lealtad, una voluntad extrema de supervivencia y su comando de niños soldados son las únicas armas que puede esgrimir Ender Wiggin para prevalecer.

Aun así, la Flota Internacional le manipula convirtiéndoles a través de un juego virtual, a él y a los miembros de su comando, en los destructores no intencionados de toda una civilización.

Scott Card disecciona con extrema crueldad la mente del niño soldado y mete al lector bajo la piel de los jugadores, de los hermanos de Ender y de cada personaje infantil en la dramática manipulación que bordea el fin de todo lo humano. Concebida esta manipulación precisamente para que la Humanidad triunfe sobre sus supuestos enemigos, quienes sucumben, más que por causa del arma lanzada contra el planeta de las Reinas, ante la inexorabilidad de una mente fabricada con el fin exclusivo de destruirles.

(Continuará)

3 comentarios

  1. Mi opinión es que esta reseña está demasiado empaquetada. Card merece un artículo por cada saga. Mención aparte merece, quizás, la saga de Alvin Maker. O la de Bean, que como compañero de Ender le rivalizar y quizás supera en trato cruel y descarnado hacia sus personajes. A Card solo le odio cuando se hace el cómico e intenta escribir terror. No eres King, Card. Aunque eres igual de prolífico. Tal vez por eso sí que te odio.

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