Adyacencias

Edvard Munch – «La niña enferma»

El País de la Enfermedad y el de la Salud son adyacentes. La frontera entre uno y otro es minúscula y a menudo hay personas con un pie en cada lado. Es muy normal, la gente que padece enfermedades crónicas, o cría animales o bebés lo sabe muy bien. El resto no somos tan conscientes hasta que enfermamos o vemos enfermar a alguien cercano.

Caminas entre ambos, a veces muy cerca del borde en dependencia de qué tan sana o tan enferma estés. Lo deseable es estar bien adentro del país saludable, tanto que el otro sea un lejano horizonte. Pero ser muy saludable puede hacerte creer que eres invulnerable y volverte menos empática con quienes no lo son.

Sonidos corporales raros, olores inquietantes, texturas desagradables, sensaciones dolorosas o incómodas, todo es parte de vivir temporal o permanentemente en el País de la Enfermedad, de donde son habitantes no solo las personas enfermas sino, adyacentemente, las que las curan, cuidan y acompañan.

Se puede mapear este lugar. Montañas del cansancio. Hondonadas y pantanos de dolor. Colinas del aburrimiento y la soledad. Inmensos valles y altiplanos del insomnio. Mares del miedo y la incertidumbre. Lagos de frustración. Y, de tanto en tanto, pequeños espacios amables donde se siente alivio, tranquilidad, alegría y hasta felicidad. Igualito que en el otro lado.

Esta vez comparto habitación con dos madres ancianas y sus hijos.

Una de ellas es divertida y burlona. Escucha música con audífonos y conversa por teléfono a cada rato con amistades y familia. Ella y su hija le dicen a la mano que se mueve descordinada e involuntariamente «la mano bailable» Comen bien y se perfuman, y discuten para enseguida reconciliarse, a cada rato. Sonríen mucho.

La otra es una madre anciana que sufre dolores espantosos. Su hijo trata de alimentarla pero ella no quiere comer y él termina frustrado. Ella lo mira con pena «ay, mijo, perdóname, no puedo» Tienen los mismos ojos que se llenan de lágrimas, espejos verdes que se miran.

Y yo, corriendo a campo traviesa, alejándome con cada zancada del centro del País de la Enfermedad, les veo y, aunque siento que no tengo derecho a atestiguar sus dolores y alegrías, tan íntimos, pienso que si nadie narrara esta carrera, nadie sabría que este lugar existe, tan cercano y adyacente a su salud.

Pienso que todos los que lo han contado desde adentro han ayudado a hacerlo más habitable, menos cruel, porque naturalizar las enfermedades y las carreras por vencerlas, es otro modo de enseñarnos a sanar.

Yo corro a campo traviesa, cruzando esas montañas del cansancio, hondonadas y pantanos de dolor, colinas de aburrimiento y soledad, valles y altiplanos del insomnio, mares de miedo e incertidumbre y lagos de frustración, y cuento lo que veo y siento.

Deja un comentario