
Hace un par de años vino a casa mi tía más anciana. Vino desde Alamar, vivimos en Marianao. Todo el que sepa cómo están el transporte, Cuba y la distancia entre un lugar y otro debe suponer que fue un acontecimiento. Ella y mi madre no se veían hacía un año, aunque hablan (pelean) a diario.
Mover a una persona anciana en estos momentos es toda una maniobra complicada y cara.
La vieja 2 (mi madre) y la vieja 1 (tía) sacaron «el libro de historias» y repitieron por enésima vez el cuento de dónde estaban ellas el 26 de julio del 53.
Mis viejas tienen 76 y 78 años respectivamente, aunque la quema del registro civil de Banes en el año 50 las igualó porque hubo que hacer de cero todas las partidas de nacimiento. La realidad es que en el 53 tenían, mi mamá, 5 y mi tía, 7. Muy enanas para notar sutilezas en un acontecimiento que, de tan convulso y rápido, la gente adulta tampoco sabía a ciencia cierta lo que estaba pasando.
De modo que la información inmediata estaba conformada por sensaciones, rumores e incidentes vistos en el momento.
Mis viejas solo recuerdan camiones militares pasaban a toda velocidad por la calle Garzón y se escuchaban disparos aislados. Mientras, su prima, Dora Aguilera, una bonita muchacha de 17 años, estaba llorando junto a la ventana por su novio y sus padres la regañaban.
Era esa una relación difícil, contrariada. Dora era blanca, rubia, nieta de mambises. Julián (este nombre es una libertad que me tomo: mis señoras no recuerdan su nombre) era negro, sin linaje conocido, y… casquito.
Eso lleva acotación múltiple y voy a ella. En Cuba el racismo no es cosa superada. Tiene una raíz tan profunda como la de las villas fundacionales. Nos guste o no, la nacionalidad venía con ciertos defectos congénitos y ese era uno. De modo que, para la familia Aguilera, que una de sus hijitas se enamorara de un negro era un problema fortísimo.
Negro y sin familia «conocida», y las comillas son la segunda acotación y segundo defecto congénito nacional: tiquismiquis clasista. Posiblemente la familia de Julián era una familia cualquiera. Pero los Aguilera «la desconocían», por pobre, negra, campesina o a saber.
Nadies… que era peor que descendientes ilegítimos de un alguien, probado o no. Nadies. Y encima, para más inri, casquito del ejército batistiano, que en esa época era lo peor, aunque la verdad es que en todos los ejércitos del mundo, el soldadito raso tiende a ser, si no es hijo de militares de carrera o convencido entusiasta castrense, un nadie sin oficio que nada mejor pudo hacer y necesita trabajar en algo, vivir de algo.
Hay una frase ilustrativa que usamos para estas situaciones «Vaya, que lo tenía todo». Y por todo, incluía el amor de la linda Dora, que no era poca cosa.
Para mi madre y mi tía, el asalto al Moncada fue eso: la escenificación de un drama, Julieta aterrorizada llorando a su Romeo. Luego vino toda la historia, pero en ese momento ese fue el acontecimiento para ellas.
Julián resultó herido, grave, en los primeros momentos del asalto y quedó inconsciente. Estaba en una de las casetas perimetrales. Despertó dos días después en un hospital militar, con una pierna inmóvil. Quedó licenciado automáticamente y tuvo la suerte de que Dora era más cabezona que sus padres.
Se casaron apenas el novio salió del hospital. Julián se dedicó a la carpintería y ahí cesó el vínculo familiar porque los suegros rompieron con su hija: no le hablaron nunca más y ambas familias quedaron definitivamente separadas. Hubo un ligero acercamiento en el 59, cuando los juicios a los soldados del Moncada.
Julián debió sentarse en el banquillo de acusados para ser exonerado rápidamente: una formalidad. Después de eso, Dora y Julián volvieron a desaparecer y se convirtieron en leyenda familiar , una de tantas.
Existe una Historia en mayúsculas, la que se escribe en libros de texto y se estudia en la escuela. Y está la historia contada por los nadies, por los cualquiera, por los niños, por la gente pequeña, insignificante y subalternizada, la historia de las familias, de los objetos simples, de las casas pequeñas y los pueblos «poquita cosa», de los amores corrientes.
Mientras quienes documentan la Historia grande no puedan, sepan o quieran buscar la historia pequeña, La Historia estará incompleta
pero ese es tema de otra crónica.