
Una llega al hospital por enésima vez, a su sesión reglamentaria de no sé cuántos sueros de perfusión lenta. Y quiere llegar al mejor estilo diva, con la peluca perrísima que le regaló una amiga casi hermana, diciendo «I’m back, bitches!» o cantando como Elena Burke «Te fuiste solooooo y no era la hora mi amooooor»
Pero no. Decides portarte bien porque la plaza de chistosa de la sala es tuya sin necesidad de exageraciones.
«¿Volviste porque te gusta la comida de aquí o porque extrañaste la vista?» pregunta la del pantry
«Porque me aburro en casa, mi vida, y para huirle a los apagones»
«Yadira es una paciente que lleva ya un tiempo en nuestro servicio» reporta mi doctora en la visita del día y yo pienso que algunas por acá somos ya activos fijos tangibles de la sala. Vienen a vernos (escondida la gente y pidiendo mil disculpas, que aquí la visita no es permitida), preguntan por nosotras y es «Ah, ¿Yadira? Está en la cama 15 esta temporada»
Me extrañaba al principio la familiaridad que había con algunos pacientes «deben ser amistades» pensaba. Ahora que soy habitual entiendo ese vínculo afectivo, esa cercanía.
«Ven, que voy a pesarte» dice la enfermera de turno. Observa la pesa y, sin mirar el expediente, celebra que subí un poquito, casi hasta mi peso de antes. Y es que mi peso para ella no es solo una cuestión profesional.
«Ve a acomodarte» me dice y le sonríe a esta paciente como si le conociera de toda la vida. Ya me arrepentí de no venir cantando y con esa peluca perrísima y preciosísima puesta.