
Yo soy una gritona de manual. No sé si es que una guataca no funciona muy bien por los tantos catarros que he tenido en mi vida y no logro coordinar el volumen o es que una es gritona porque sí.
Cuando impartía clase, sobre todo en las aulas de techo alto, excelentes bocinas para mi do de pecho, el tema que estuviera dando se escuchaba en el pasillo. Más de una vez los estudiantes que llegaban tarde y entraban al segundo turno respondían preguntas que había hecho en el primero: la clase se oía fuera.
Cuando empecé en el mundo podcast fue el gran descubrimiento narcisista: adoré escucharme ya editada y con efectos, mi voz engarzada, como en un trabajo de orfebrería sonora, dentro de un programa. Ahí fue cuando descubrí definitivamente que amaba mi voz.
Poco antes del diagnostico definitivo mi voz se marchó. Patricia me la fue arrebatando y llegué a la afonía. Para muchas pacientes de cáncer el dolor más grande es perder el cabello, para mí fue perder la voz. Melenas como la que tuve y tendré hay muchas, voces de gritona podcastera, solo la mía, y temí que no volviera o que cambiara al punto de no reconocerla.
Llegué, aún pudiendo hablar un poquito, a pedirle a mi familia que hablara al teléfono por mí «Es que ella casi no puede hablar» pretextaban. A veces realmente no podía, no se me entendía nada de lo bajito y ronco que sonaba. Sin embargo, en ocasiones, era que me daba una vergüenza enorme que oyeran este murmullo rajado que se ha vuelto mi do de pecho.
Aún me atrevo a grabar audios en WhatsApp, pero ya no los escucho después como hacía antes (mi pequeño placer narcisista culpable)
En varias ocasiones me invitaron a conversar, a talleres, a podcast, oportunidades maravillosas acompañada de personas que quiero y admiro. Con una pena enorme y tristeza por no poder estar, tuve que decir que no.
A veces incluso se me olvida, de estar horas callada. Pero apenas trato de hablar o cantar sale ese farfulleo y vuelvo a la realidad triste de no poder desahogarme con un grito como es debido.
Hace un día leí un poema para amistades, me agoté, pero sentí que mi voz, rajada y débil, resiste. Poco a poco vuelve.
Es uno de los premios que me espera al final de esta carrera. Tal vez no vuelva tan potente como antes y se quede cicatrizada como el bosquecito quemado en medio del pecho o el pelo medio raro y rizado, pero es mi voz, única y perfecta para mí.
ahora pienso que nunca he oído tu voz, pero cómo te oigo cuando te leo, muchacha. Tu voz resuena!
Me gustaLe gusta a 1 persona