Enseñar a correr

Abbey D’agostino y Nikki Hamblin

«Trata de coger el solecito de la mañana pero solo una semana después de la quimio» aconsejo «Y toma mucha agua, si tienes ganas de ir al baño no te aguantes, dale a hacer pipi sin pena que todo eso hay que botarlo»

Mi compañera de cuarto, de reciente diagnóstico, me oye toda la muela y las recomendaciones «Nada de embutidos ni comida procesada industrialmente, descansa y camina tu poquito. No cojas lucha con nada, concéntrate en sanar»

La observo leyendo su resumen de historia clínica y me veo hace unos meses: la misma expresión de desconcierto y preocupación, la misma tristeza. Y quiero cargarla, acunarla, decirle que todo va a estar bien, que es fuerte y tiene una hermosa familia que la apoya, que tiene todos los medicamentos a la mano y solo es cuestión de correr con ganas y sin parar hasta la meta.

Pero no puedo prometerle nada. No puedo garantizarle la salud ni la remisión: los cuerpos son distintos y aún saliendo todas desde el mismo punto de partida, la carrera de cada una es diferente. Las metas difieren: unas remiten enseguida, otras demoran años y otras… viven largas agonías antes de llegar al descanso, otra forma de meta.

«Todo va a salir bien» le digo y me sonríe. Por ahora lo mejor que puedo hacer por ella es correr a su lado. Somos una multitud que corre acompañada, no competimos entre nosotras ni contra nosotras mismas: corremos contra algo más tremendo y no vamos a parar.

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