
Hay un axioma no escrito en las salas de hospital. Si le caes bien al personal médico tal vez seas buena persona y buen paciente, pero si le caes bien al personal de enfermería no hay «tal vez»: eres buen paciente y seguramente buena persona también.
Tienen todo el tiempo del mundo para observarte en tus momentos más vulnerables y llegar a esa conclusión. También saben cuando tienes miedo.
«Entra… no me digas que esto te asusta»
Mi tocaya me llama desde la enfermería. Ella y dos de sus colegas tienen el trofeo de los que mejor canalizan venas del Ejército Libertador. Pero mis venas endurecidas ya no son tan dóciles como al principio. Ni con ellos se están portando bien y ante la nueva canalización ando temerosa.
«Vamos, vamos, que no se diga, Yadi, que tú nunca le has tenido miedo a esto. Eres la paciente más dura de esta sala»
Pero ahí estoy, inmovilizada por el pánico ante la puerta blanca, mirando desde ahí las dos sillas, la mesa, la bandeja. Como cuando era niña y me iban a inyectar la terrible benzatínica de cada 28 días.
Van hacia mí y me llevan hasta la silla, con gentileza. Me ponen la liga un poco por debajo del codo para explorar las venas del brazo, las que siempre habían estado fuertes y disponibles, con buena luz y reactividad.
Encuentran una más o menos atrapable y la percuten para que se hinche. Me estremezco con el aguijonazo.
«Ya, mi amor, terminamos. No llores, y no cierres los ojos que te me mareas» oigo a Yadira que me habla.
Me acerca un pañito seco desechable para que me seque la cara llena de lágrimas y ella agarra otro. Antes de irme la veo: se está secando los ojos.