
He perdido el control en una gestión. Alguien me ha dicho que faltaba un papel y en lugar de indignarme y hacer un escándalo me he largado a llorar.
Ver llorando a una mujer visiblemente enferma suele tener un efecto conmovedor. Hay que tener el corazón muy duro para no sentirlo. «No me hagan sentir culpable» dice la mujer y yo solo quiero hacerle entender que no es mi intención asustar ni perturbar a nadie. Solo que estoy cansada, frustrada, me duelen los pulmones de tanto toser, no he dormido casi ni dejado dormir a nadie y ser fuerte todo el tiempo no se puede.
Al final todo se ha resuelto. Pero me queda el mal sabor de que se resolvió porque yo empecé a llorar, no porque era un trámite solucionable con un poco de buena voluntad.
Luego he ido a un lugar a comprar comida y la persona que atendía se ha vuelto amabilísima orientando sobre pagos y productos. Me toma la mano «Todo va a estar bien con el favor de Dios»
Suena muy sincera pero me gustaría que todos los clientes fueran atendidos así de amablemente y no que se esté haciendo una salvedad conmigo por mi mascarilla y el gorrito que oculta una evidente cabecita calva. No quiero que ese pensamiento de «hagámosle la vida fácil, que de todas formas está bien jodía» sea lo que mueva la solidaridad, el cariño ni la capacidad resolutiva de la gente. Merecemos la misma disposición estemos o no enfermas.
Muy duro sería pensar que la gente desconocida se moverá a hacer lo que se debe por alguien solo cuando le vean hecho polvo. Por suerte he visto suficientes ejemplos de que no es así.
Qué cansada estoy, qué agotada. Pero sigo corriendo.