Hablando como las locas

La vena campeona

Pues resulta que una termina hablándole al cuerpo. Te descubres diciéndole lo que tiene que hacer, consolándolo, regañándolo. Y de paso hablándote a ti misma en una dinámica medio extraña donde separas el yo y el cuerpo de ti. Muy loco todo.

A la habitual hipervigilancia de quienes tienen una enfermedad grave o crónica y reaccionan preocupados a cada dolor, mancha, erupción o latido, se une el pensamiento mágico de que tu cuerpo te escucha.

«Vamos, niña, aguanta» le digo a la única vena que queda atrapable, la cefálica en su paso por el brazo izquierdo, un poderoso relieve verdeazul. Después de tanto pinchazo y suero todas andan encostradas y agotadas, huidizas al menor intento de perforación. Ni un torniquete con odio logra sacarlas de su escondite de carne.

Pero ahí está ella sacando la cara por todo el mundo «Aguanta, mija, que falta un poco todavía» digo pensando en los sueros que quedan por vivir.

Y así le hablo a mis piernas «Arriba, un pisito nada más»

A mis manos «¿y ese tembleque, mis niñas? Vamos, que ustedes nunca han sido tan flojitas»

A mi corazón «¿y ese corretaje, tú? ¿a dónde tan rápido y tan peinado? cálmate y deja la taquicardia esa»

Y así. Llegará el momento en que podré, como me recomendaron, hablarle a mis células sanas para que vayan en pandilla a darle una paliza a Patricia y completen el trabajo junto con la quimio.

Deja un comentario