
Salgo al pasillo a pesarme. Tengo curiosidad por si he bajado de los 58 con que entré al ingreso.
«¿A dónde vas, Yadira?»
De pronto hay un movimiento de las enfermeras hacia donde yo estoy. Les digo que quería pesarme, y ya que estamos, dar un paseíto.
Me pesan: sin cambios. Por suerte no ha habido escurrimiento de libras a ningún lugar. Una me agarra del brazo y va, conmigo, empujando el soporte del suero, hasta el comedor, me sienta al lado de la ventana y me promete venir a buscarme en unos minutos. «Porque no vamos a abusar»
Es la hora del sol en este lado del edificio y me quedo bajo la luz, bebiéndomela. Desde diciembre sentía como un témpano en medio del pecho y me preguntaba si el cáncer es frío, si absorbe calor como un hueco negro o es algo psicológico.
«Es frío» me confirma Raquel en el chat «Muy frío»
Permanezco al sol, con el aire de la ventana dándome en la cara y siento que me están mirando. Volteo y la enfermera (es mi tocaya) espera junto a la puerta.
«¿Regresamos?» Me levanto sin ayuda y vamos de vuelta al cuarto.
Ya ahí Yadira le toma la presión a Yadira y revisa el suero. «Me alegra que estés más fuerte para caminar» me dice «Llegaste hecha un trapito, pero estás mejorando. Descansa y más tarde salimos de nuevo»