
Magda, una maestra en paro, es diagnosticada con cáncer de mama. A partir de ese diagnóstico reacciona desplegando toda su fuerza y alegría para vivir lo que resta con optimismo y felicidad. Eso vi en la película “Ma ma” del director Julio Medem hace unos años y me dejó una sensación agridulce.
Cierto que había optimismo en el personaje, un afrontamiento muy objetivo de su enfermedad y una alegría de vivir que impregnaba cada escena. Pero en sus momentos de soledad me pareció desgarradora.
Que hubiera enviado a sus hijos de vacaciones a la playa para tomar la quimioterapia, que fuera a la sesiones sola y estuviera en casa sin nadie me dejó triste y preocupada al pensar que hay personas en el mundo enfrentando a solas una enfermedad, aún con fuerzas y recursos para hacerlo pero sin nadie que te tome la mano, alcance algo, acomode una almohada o simplemente esté ahí por si acaso.
Hace unos días una tuitera que sigo posteó: “Puede que sea lo menos romántico que leas hoy, pero también lo más real: quédate con quien se sienta a tu lado en una habitación de hospital”

Estar a solas no es necesariamente malo, pero estar a solas y en enfermedad es una soledad doble. No sanamos o nos aliviamos a solas. Para que salga realmente bien debe ser un trabajo de parejas, amistades, familias y colectivos.
No he estado sola un momento desde que empezamos esta maratón de resistencia: mi equipo es enorme y transciende fronteras, me acompañan de cerca y de lejos, sentados a mi lado o comunicándose conmigo todo el tiempo, las voces, oraciones, consejos, buenos deseos y recursos que no me desamparan un segundo.
Y no me va a alcanzar la vida para agradecer tanta suerte y la felicidad de tener su compañía mientras corro.