
Irene es ambidiestra. No esa habilidad con ambas manos para escribir con la derecha y mientras haces otra cosa con la izquierda: ella empieza a peinarse con cualquier mano y cuando se cansa de tanto darle a su melena de espuma negra, termina con la otra.
No te cansas de mirarla cuando se cepilla. Luego barres con amor el montón de pelo enroscado caído al piso, pero a la hora de echarlo en la basura te da lástima. Lo recoges con dos dedos, te lo llevas a la cara y solo cuando has respirado su olor, solo después de llenarte la nariz, los pulmones, los bronquios, las venas, todo de Irene, te imaginas dejando caer el puñado negro en el cesto y yéndote detrás de él.
Pero ¿para qué irte a la basura con tan poquito? Tienes la melena, el cuerpo, los ojos de Irene: todos para ti. Entonces, abres los dedos y dejas ir esos pelos difuntos, muertos ahora, desprendidos de ella.
Tus malacrianzas para comer fueron resueltas así, como el peinado. Ella se sentaba a tu lado: con una mano comía ella, y con la otra te acercaba la cuchara. Se te hacía gracioso verla con dos piezas de cubertería y, por cortesía primero, por diversión después y por amor al final, abrías la boca y comías todo lo quisiera hacerte comer.
Desde que entró por la puerta de la casa paterna, Irene fue tu regalo con cabello espumoso y un par de manos capaces de perfectos y eficientes reflejos especulares. Y como guinda del pastel, trajo el beso de consuelo y el sana, sana, culito de rana: si no sana hoy, sana mañana.
Irene siempre tiene razón, incluso cuando discute con papá. Él es, como dice mami sin importarle quién oiga, un puto descarado y un machista arrogante, que se piensa que tiene a Dios cogido por la barba y lo que él dice es ley.
Para no caer en esa trampa te pliegas a Irene y ella ¡decide tantas cosas por ti! Cuándo comer, el buen vestir, a dónde ir y en qué ayudar.
Ella fue quién introdujo las tortillas medio hechas en tu gusto: una masa redonda y plana que, allá dentro y en secreto, guarda un poquito —una cucharada, si acaso— de huevo todavía líquido. Todavía tu madre no le perdona su proletarismo culinario de huevos fritos y tortillas de papa, con el que compiten en desventaja las carnes condimentadas y los pescados asados que ella, chef selecta y exquisita, se esfuerza en preparar cada vez que la visitas.
Con Irene se fue el desfile de mujeres de una noche o varios fines de semana como mucho. Todas esas chicas no dejaron en casa ni el olor: solo permanecía unos pocos días en la ropa de tu muy respetable y diplomático padre. Como con las otras, quisiste darle a ella la perreta celosa de quien oscila entre casa de mamá y de papá, pero te desarmó desde su altura de uno sesenta y ocho con esa melena inmensa, negra, nubosa.
No pudiste decirle que no, nunca le dirás que no. Con el tiempo decidiste no regresar a la casa materna y luego de una agria disputa te quedaste en casa del viejo. Para ser de Irene.
Una vez la besaste en la boca y te miró, divertida.
—No tengo ningún problema con las novias. Siempre que te cuides y no te metas en líos, puedes tener todas las que quieras, besarlas y traerlas a la casa. Pero yo no.
Yo no, dijo ella, y eso te dio más vergüenza que si hubiera gritado.
Su risa y la aceptación de tu deseo te desarmó. No lo intentaste más, aunque no renunciaste a mirarla vestirse y peinarse. No dejaste de oler su pelo pensado en ella. Irene lo sabía y lo sabe, como acepta que mientras papá está ausente de casa ella es tuya. Quién sabe si a partir de ahora todo cambie.
Cuando te enteraste del embarazo te asustaste un poco: un hermanastro menor a los dieciséis tiene por fuerza mucho de extraño, imposible, transgresor. Pero había en ello algo de sublime justicia: si no podía ser tuyo, por lo menos tendría tu apellido y el de ella. Y, en un final, tu papá y tú son idénticos: la misma estatura, ojos, mandíbula y nariz. Tu boca es más gruesa, pero en eso te pareces a Irene, igual que en los pómulos y los hoyuelos. También ella es más joven que tu viejo y no pocas veces te han preguntado si es hermana tuya y hasta novia mayor, en vez de tu mamá.
Así te queda el consuelo de la idea que el hermano que viene es hijo tuyo y de Irene. Por eso aprendiste a peinarla para que no se agotara, te volviste las manos especulares para hacer todo lo que ya no puede y más de una vez la ayudaste a bañarse hacia el final: la barriga, inmensa, no la dejaba ni verse los pies.
El día del parto te sorprendió en examen, así que no pudiste sostenerle la mano ni ayudarla a pujar. Es normal adelantarse a la fecha cuando se es primeriza como Irene. Te tocó lidiar ese día con la furia de la ansiedad, desgranando con preocupación los minutos hasta el horario de visitas.
Tuviste que esperar una eternidad para sustituir a tu padre, que tuvo la suerte de estar en el hospital en tu lugar.
Entonces la viste por fin, sentada de espaldas a la puerta, en uno de esos sillones de suiza opacados por la nube de pelo negro revuelto, desbordando la red del espaldar. Se miraron y te sonrió, pero buena parte de lo que eras para ella no estaba ahí. La viste lejos, muy lejos, como si ya no le pertenecieras.
—¿Me dejas cargarla? —suplicaste pero ella apretó el bulto contra su pecho, protegiéndolo de manera inconsciente de la amenaza que tú no eras. Avergonzada, se percató en tus ojos de la barrera que había levantado, pero el mal ya estaba hecho.
—No, vienes con las manos sucias de la calle —trató de justificar lo irremediable, más el agüita en tus ojos fue argumento suficiente para que te tuviese piedad—. Mira, en el baño hay jabón. Lávate bien las manos y te la doy.
Fuiste y te lavaste. A la vuelta, Irene te tendió la bebé con manos temblorosas y aún desconfiadas. Aunque no eres ambidiestra, de seguro en los años que siguen aprenderás a limpiar la torpeza de tus manos para ese bultico.
Ella tiene un casquete de pelo, como una nubecita negra en miniatura. Te miran un par de ojos enormes desde una cara arrugada, idéntica a tus fotos de recién nacida, y tu hermana empieza a hociquear por leche en tus senos incipientes.
Linda historia, me dio mucho gusto leerla, un abrazo grande y gracias por ella
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Gracias. Un abrazo
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Hermoso 🖤
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Gracias 🥰
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Buen relato para este día tan señalado diria, del 8 M te abrazo. saludos!!!
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me dejó confundido … debo leerlo nuevamente : incesto, lesbianas, amantes familiares, hijas – hermanas ? la verdad no entendí, pero, por supuesto, me encantó.
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una niña y su madrastra, técnicamente debería saberse solo al final que era un enamoramiento lésbico, pero creo que no quedó todo lo escondido que debería el dato. gracias por leer
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