
Perdida en la Jungla, con los ojos nublados de lágrimas, el único ápice de esperanza que tuvo Ramona en mucho tiempo fue Darío. Aún lo era, aunque su familia extendida ya les hacía tener esperanzas para los demás, mientras le durasen las fuerzas.
Pero el alma de Ramona era Darío.
Ese mismo chico que salió a la carrera por la puerta del departamento, deslizándose en sus patines de línea.
El recién llegado Pedrín lo atrapó antes de que saltara fuera. La inercia pudo tirarlos al piso a los dos, pero su padrastro no pesaba cerca de cien kilos de músculo por gusto. Así que abrió las piernas y se apalancó sobre sus botas, antes de echarle mano al adolescente en ruedas y detenerlo bruscamente en el aire, haciendo presa debajo de sus axilas.
—No, no me importa que te moleste —gruñó, mientras Darío se revolvía tratando de liberarse.
Cuando lo soltó, Darío comenzó a gesticular rápidamente.
—A mí no gritas, chaval. Despacio, o por mucho que Ramona te quiera te doy un guantazo.
El muchacho miró hacia adentro, significativamente.
—Estoy seguro que después del que yo te dé, ella te dará otro. A lo peor cuando termine de romperme la cabeza, así que no busques ayuda.
Lo observó, crítico. Sus patines, pantalones negros llenos de manchas, una de sus camisetas blancas con letreros impresos por él mismo, la chaqueta azul con capucha que heredó de Pedrín, la soga del arnés cruzada en el pecho y su mochila llena de cachivaches de pintar.
—Debería ir contigo abajo, para asegurarme de que te vistes correctamente y pones bien los sellos.
El joven se negó en redondo. Su padrastro resopló enfadado.
—Óyeme bien, paleto: si te pasa algo Ramona se muere ¿entiendes? ¡Se muere!
Darío se tocó la garganta, puso los ojos en blanco y fingió ahogarse.
—¡Ah! ¿Para qué me molesto? A ver si tienes los parches.
El joven bajó un poco el cuello de la chaqueta y le enseñó los dermos a cada lado de la garganta.
—Bueno, no es perfecto, pero ayudará. Espera…
Rebuscó en los bolsillos y sacó un paquete.
—Para que recargues el vial de reactivo en tu brazaletest. No dejes de chequearte cada dos horas. Cualquier cosa extraña me llamas a mí primero ¿entiendes, cabezota? ¡A mí primero!
Lo sostuvo por los delgados hombros y clavó la mirada en los ojos verdes de su hijastro.
—Están haciendo chequeos al azar y revocando las licencias de circulación, chico. Ten mucho cuidado. Si te agarran con esa tarjeta azul tu madre y yo estamos fritos.
Darío, atenazado en el aire por las manazas de su padrastro, se llevó las manos abiertas a las mejillas, como en El Grito de Edvard Munch.
—Payaso —gruñó Pedrín y lo abrazó—. Ya vete. Ponte bien el aislante y no demores: tu madre está de cumpleaños hoy y querrá que almorcemos juntos como gente normal.
El chico se llevó la mano derecha a la frente en un saludo militar, pero el hombre solo lo vio con el rabillo del ojo, porque ya había dado la espalda y se alejaba hacia el interior del departamento, quitándose la chaqueta de repartidor sobre la marcha. Debajo llevaba puesta una de las camisetas que Darío vendía y regalaba, con dibujos, letras y carteles impresos por él mismo. En la espalda masiva de Pedrín campeaba un hombrecillo narizón asomado a una valla y al costado la frase “Kilroy was… here?”
Darío sonrió con orgullo del artista y rodó hacia la escalera. Patinó escalones abajo, zigzagueando en los descansillos sin temor a tropezar con ningún ocupante de la estación. Pocas personas normales salían a la calle en los últimos tiempos y Pedrín era el inmune de su edificio que más temprano llegaba a casa los días que tenía turno, así que no era probable que un bólido en patines chocara con nadie que estuvieran subiendo o bajando la escalera.
Ramona bien sabía que Darío se tiraba por las escaleras, que recorría toda la ciudad y que se burlaba de Pedrín. Sabía de la cicatriz en la mano izquierda de su hijo adoptivo, por un aerosol en mal estado que estalló y le quemó la piel de dos dedos. Lo sabía todo, pero había elegido no pensar en el asunto demasiado.
No podía retener a Darío en casa. No tenía derecho a exigirle que dejara de hacer lo único que le hacía feliz, así que había elegido confiar en su suerte y buen tino.
Tampoco era un macarra. Era buen chico, que ayudaba en el hogar y estudiaba sus deberes en la red.
Siempre que ella llegaba todo estaba en orden e incluso podía pedirle que la ayudara con algún tema sencillo de trabajo. Así había sido desde que lo conoció y además de un hijo cariñoso, Darío fue una buena compañía en sus penurias. De siempre había sido solitario, en parte porque era sordo y no había otros chicos que hablaran señas cerca de casa y también por la cuarentena impuesta siendo muy chico.
Su única diversión era correr en patines, tirarse de muros y pintar las paredes de una ciudad en silencio, así que ella no se sentía con la autoridad de impedirle salir. Todo lo que podía exigirle para minimizar en algo los riesgos era entrenarlo con extrema severidad en el uso de los trajes aislantes, darle suficientes parches inmunológicos, baterías diagnósticas, y conseguirle un permiso permanente de circulación a fuerza de mensuales sobornos.
Luego, llegó su padrastro al ruedo un día… y allí se quedó, haciendo familia de tres. Cuando Pedrín conoció a Ramona se había sentido fascinado por la forma de su cuerpo, su voz, sus ojos y el pelo castaño rojizo que escapaba de la capucha reglamentaria. El resto de la cara estaba bajo el barbijo de protección y no la detalló bien hasta que fue demasiado tarde. En broma —siempre en broma y a Darío le constaba— el hombretón decía que agradecía a la ropa de entrenamiento haber podido verle a su madrastra el culo y los ojos, antes que su cara de caballo.
Sin embargo, era evidente que la quería con locura a su manera tosca, a ella y a todo lo suyo, Darío incluido. El chico era hijo de un esposo anterior, pero lo había criado como suyo y a todo los efectos era su madre. No existía seguridad alguna de que los nacidos de inmunes fueran inmunes a su vez, por lo que Ramona y Pedrín no tenían en mente tener hijos, por lo menos no hasta que apareciese una vacuna definitiva, así que el muchacho ocupaba el lugar del vástago propio que quizás nunca tendrían.
Darío se quitó los patines en la cámara estanco antes de salir a la calle. Se puso el traje aislante sobre la ropa, aseguró los guantes, la mascarilla, los lentes y se taponó los oídos, que al final para él eran solo una puerta de entrada para la Guadaña. Ramona siempre se asombró de lo cómodo que parecía con toda la parafernalia de protección, particularmente la máscara apretada con sus lentes anexos, desde que era muy pequeño.
A él no le molestaba y de hecho lo agradecía: en sus tres años ya de grafitero, la máscara era muy útil para no respirar el aerosol ni terminar con los ojos quemados. Sobre la pequeña joroba ósea de su nariz ya había una zona oscura, callosa, y, alrededor de los ojos, una línea ligeramente violácea de adaptación.
Se estiró para comprobar que no se salía ningún sello de su lugar. Cuando vio que todo estaba bien volvió a calzarse los patines, agarró la mochila y salió a la Jungla: su campo de juegos personal.
El día antes había descubierto un muro todavía inmaculado y ya tenía en mente un par de dibujos que quedarían muy bien en la textura rasposa de la pared, una característica muy peculiar que ayudaría a darle profundidad a su marca. Sería también difícil de borrar o cubrir. La D acostada con el punto y la cruz era su firma regular, y ya la técnica de Darío y la ubicuidad de sus dibujos habían llamado la atención.
Cada vez que se subía a las redes un reportaje sobre la ciudad en casi todos podía verse en una pared, un poste o incluso una vez en un tanque elevado el conocido diseño de hilos y gotas entrelazados. Rostros, cohetes, estrellas, árboles, cosas abstractas… Al lado, casi invisible, la marca de la D dormida con su punto y cruz.
Era curioso lo enterado que parecía estar el grafitero de los movimientos de prensa, artistas y políticos. En una ocasión el reportaje de un canal versaba sobre la caída del mercado de valores en la explotación agrícola y, de la noche a la mañana elegida para filmar, en la fachada del edificio de una corporación que pretendían usar como fondo para el reportaje amaneció una manzana gigante. Hilada, de un color gris tuberoso, con el símbolo de riesgo biológico en negro. Debajo del conjunto, a la derecha, la burlona D.
Cuando le preguntaron qué hacer, el director del canal decidió que el grafiti se veía como una noticia más jugosa que las propias manzanas. Así, se filmó con un fondo de trabajadores verde azules cubriendo el mural improvisado bajo una capa de pintura. Acción bastante inútil, porque la Manzana Venenosa se hizo —con perdón del término— viral y llegó a todas partes, para desagrado y despecho de los magnates de la importación agrícola.
Entre esta hazaña y muchas otras, la marca detrás de Darío —PontoDeCrux— se convirtió en una especie de símbolo de resistencia citadina.
La gente elucubró que debía tratarse de un equipo de grafiteros con mala leche que recorrían las calles dejando su marca para protestar por la cuarentena, la lentitud de las investigaciones, la comida sintetizada con impresoras. Luego, cualquier causa que el imaginario popular quisiera endilgarle: el precio de las producciones, la falta de respuestas, una campaña callejera que se movía insidiosamente entre los inmunes.
Pero todo el mundo coincidía en la idea de que PontoDeCrux, ya fuera una sola persona o varias, era inmune al virus. Las personas vulnerables no andarían poniendo su vida en riesgo a expensas de que la Guadaña los segara solo para gritar a colores en las paredes de una ciudad enclaustrada.
Darío se movía veloz por las calles en pos del muro en blanco. En el silencio, los colores y texturas eran la canción que escuchaba su mente rebelada contra la soledad y el miedo. Su reto, su objetivo vital, era cubrir con aerosol aquellas paredes sucias y vacías. El vacío era la nada y Darío necesitaba que el algo triunfase.
La Manzana Venenosa, el Dragón del Paseo y los Cráneos de Agua eran solo juegos que le habían llevado un poco más de tiempo y recursos. Como todo adolescente, claro que quería que hablaran de él, pero su tema preferido eran los rostros, los animales y las manos. No siempre los firmaba y a veces, sin respetar el espacio de otros, se entrometía en los diseños ajenos, modificando imperceptiblemente texturas y tonos. Los otros grafiteros a veces protestaban y muchas se callaban, porque de pronto sus dibujos les parecían ajenos pero mejores.
Trabajó en el muro por una hora y media. Había preparado varias plantillas, pero al final se decidió por un diseño más bien simple, sin muchos agregados: algunos círculos entrelazados con su distintivo estilo de líneas líquidas. Antes de llegar a la mitad, la alerta vibratoria le avisó que era hora de la prueba. Sin soltar el aspersor se apretó la muñeca y el brazaltest le punzó la piel. Unos segundos después dejó ir un tranquilizador biiiiip, que él percibió como una vibración corta: aún estaba limpio. No tenía que dar malas noticias.
Al terminar, debajo de su firma, escribió los números del día tal como los había obtenido de Ramona: en rojo los muertos, en azul los nuevos nacidos. No sabía bien por qué lo hacía. Sentía que algo de eso debía quedar, un reporte, algo que diese un rayo de ilusión. Así, la gente miraría sus grafitis y se inventaría teorías, pero como las cifras solo se manejaban entre el gobierno y los repartidores —tenía que ser así, para ahorrar los costosos cabezales y saber cuánta biotinta cargar en las furgonetas— nadie había relacionado esos números con su significado real.
Por desgracia, la curva no había llegado a su punto de inflexión y los rojos eran la regla de la Jungla.
Pero aquel mural era un bello regalo para su madre, en su día de cumpleaños. Una buena obra, bien sentida.
De regreso vio llegar el turno de los repartidores. Gente vestida de trabajo. Pero sin aislantes, o con aislantes mal cerrados y las mascarillas sin atar, colgando inútiles de una oreja. Ellos, los inmunes, estaban vivos ahora y si la Guadaña lo decidía así, seguro iban a estar vivos cuando él se fuera. Como Ramona o Pedrín. Luego que todo pasara, iban a ser los encargados de recuperar la jungla y borrarían todas sus creaciones. Quizás no todas.
Quizás un grupo de estos favorecidos decidía que debían conservarse algunos grafitis como recordatorio de cuanto sufrió la ciudad. O, como pasó con la Manzana, decidían dejar con vergüenza el pasado atrás y los rasparían de las paredes, para cubrir luego los restos con una capa de pintura.
Ramona salió del grupo de repartidores cuando le vio venir y lo esperó en la puerta del edificio, junto a la esclusa estanco. El chico se acercó haciendo aspavientos de molino:
“¡Felicidades, mamá!” —pero ella le interrumpió con un gesto.
“Hablaremos hoy” —le soltó gesticulando rápidamente, cada palabra convertida en un vuelo de las manos— “Termina rápido, ve arriba, te espero”.
“¿Hice algo malo?” —respondió Darío, con el convencimiento de que es mejor pedir perdón que pedir permiso.
“No, bebé” —sonrió su madre con dulzura— “Buenas noticias”.
Lo dejó para que terminase su protocolo de desinfección.
Darío se retiró los lentes, la mascarilla, bajó la capucha y comenzó a quitarse el traje. Los aspersores se activaron, seguidos de chorros de aire ionizado que garantizaron que ni una partícula de la Guadaña entrase al recinto. Desinfectar el equipo demoró un poco más.
Esa noche, Ramona anunció con alegría que estaba embarazada. Lloró, se enfureció con su marido luego… después rió aliviada. Pedrín se comportó con corrección: la consoló por momentos y por momentos la dejó estar, cuando su madrastra alcanzaba sus puntos álgidos de furia e inseguridad por el futuro.
Luego se propuso un brindis con falso jugo de frutas fermentado. Ambos felicitaron a Darío por su hermano, se felicitaron entre sí y toda la familia empezó a llorar y comer de los bombones que Pedrín había traído a casa.
Al amanecer, Darío salió de la estación con renovada esperanza. Había dejado para este día un trozo de muro en blanco, pero el diseño en su mente había cambiado por completo. Las nuevas noticias lo ameritaban: debía plasmar toda la ilusión para que su futuro hermanito —o hermanita, daba igual— supiera qué feliz estaba, cuanto bien le hacía el saber que su familia crecería, que le esperaría con ansias durante los próximos nueve meses. Poco importaba si al final era inmune o no.
Era una nueva vida y un triunfo contra la Guadaña. Un punto de inflexión en la curva que, quizás no terminaría de inclinar la balanza de la pandemia, pero sin dudas sería la contribución más valiosa de todas, por lo menos para su reducido hogar.
Sin dudas, su mejor obra. Una que nadie osaría raspar de este muro.
Entre tanta desolación, su visión de la Jungla Nueva iba a llamar la atención de todas las redes. Descendió del arnés y contempló su creación desde la acera del frente, con los brazos cruzados en el pecho y asintiendo. Casi perfecto. Solo unos pocos retoques y su firma.
Trepó una vez más a lo alto del muro, agregó más colores donde era necesario y redondeó algunas formas para dar volumen y profundidad. Solo quedaba la firma y la estadística, que hoy iba a ser la más positiva. Dibujó la marca de la D dormida con su punto y cruz sin problemas, pero al descender un palmo hacia abajo perdió pie en el arnés.
Su torso golpeó la pared rasposa, esa que daba bajos y altos relieves a su obra, la que sería muy difícil de limpiar. No le dolió mucho, no. El impacto no había sido fuerte, pero la fricción contra el concreto jaspeado de sus colores sí.
Se palpó el costado y notó algo extraño al tacto. En la zona de la cadera, había una constelación de orificios en el traje de protección. Eran muy pequeños. Pero eran muchos: el tejido estaba agujereado por mil leznas.
Darío suspiró, colgado aún del arnés como un muñeco desmadejado. Apretó su muñeca y el brazaltest emitió varios pitidos largos, para él una vibración continua muy significativa que anunciaba desgracias.
Con calma, volvió a recuperar el equilibro en el arnés. Se deshizo de la capucha, el respirador y las gafas que ya no iba a necesitar: por primera vez pudo maravillarse de los colores de su trabajo sin un vidrio por delante. Sacó dos botes de pintura, roja y azul, y dio el toque final a su obra: 1 X 1.
Bajó del arnés y se libró por completo de su inútil traje, que plegó cuidadosamente a los pies del mural que había hecho para su hermano aún por nacer. Sacudió los restos de espuma desinfectante de su pulóver que rezaba “Kilroy was… there?”, se echó al hombro su mochila llena de cachivaches para pintar y se perdió en la Jungla, con los ojos nublados de lágrimas…
…presto a la caza de muros que pintar de esperanzas para los demás. Mientras durasen las fuerzas.