
Miro la tesis, la tesis me mira a mí, nos miramos con mala cara… las tesis y los oponentes nunca se han llevado muy bien.
“Te prometo que si estás bien escrita, te trataré bien”, advierto.
Si me tratas mal, garantizo que la tutora de mi autor te romperá la cara en algún momento del futuro… o se ocupará de desbaratar la tesis del próximo tutorado que tenga la desdicha de caer en tus manos
“¿Ah, sí? ¿De modo que así va a ser?”
Por supuesto. ¿Qué te creías? La objetividad académica es un mito: aquí lo que camina es el poder de la vaca sagrada tutora del aspirante.
Suspiro, intento sacar paciencia de donde no hay y me vuelvo hacia el autor, que tiembla aterrado por la falta de respeto de su tesis. Casi me da lástima: que un tipo así de agradable haya sido capaz de escribir este bodrio petulante… Y me pregunto cuánto de la mala leche de la tutora se ha filtrado en la ofensiva memoria escrita. Vuelvo a mirarla y ella me devuelve un corte de ojos, más insolente si cabe. Esta tesis se merece que la aplaste.
El autor echa mano de la última reservita de coraje y se interpone entre la tesis y la oponente.
—Calma —suplica—, nadie tiene por qué salir herido.
Ambas lo miramos desde nuestro pedestal científico y el pobre se encoge:
—Piedad, por favor —vuelve a implorar—. Es lunes y todavía tengo que inventar cómo imprimo cuatro informes de tesis y seis resúmenes.
De madre. Los que hemos estado en tus zapatos te saludan.
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Al final es divertido
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Jajaja imagínate que para colmo yo le caía tremendamente mal a mi oponente…
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😬😬😬
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Sacrificaré un carnero a los dioses para que te ofrezcan ayuda.
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