
Cuba, Marianao, primavera
… me gritaba, trataba de que yo hiciera algo pero no sabía decirme qué. Casi me tocaba, algo que su esquizofrenia le había vetado siempre (intenté ayudarlo una vez a cruzar la calle y se negó de plano a que le tocara, otra vez traté de que no se le cayera una taza de café que le compré y se alejó de mí para que ni lo rozara)
Luego de intentar decirme que hiciera no sé qué, que mirara no sé qué, que dijera no sé qué, se alejó, descorazonado, murmurando algo en su eterno delirio.
Entonces, por pura casualidad, miré al cielo y vi qué intentaba enseñarme: por el este brotaba un enorme arcoiris, el día lluvioso, nublado y frío estaba pariendo colores que el pobre loco quiso compartir conmigo.
Pero ya estaba lejos, cruzando la Avenida 41, no tenía tiempo de ir a agradecerle, mi guagua llegaba y me tenía que ir.

Cuba, La Habana Vieja, verano
Todo el mundo cruzaba la calle al verlo gesticulando enloquecidamente en el portal, meciéndose, agitando las manos, la cabeza, con una expresión abstraída y murmurante.
Yo no tenía ganas de cruzar, el sol quemaba y odio el sol, por eso nunca renuncio a las islitas de sombra.
Bastaba con mantener un ojo sobre él y si lo veía hacer el más mínimo movimiento hacia mí, con brincar y ponerme a salvo tenía. Así que lo oí cuando lo tuve cerca. Tarareaba la Rapsody in Blue: estaba dirigiendo una orquesta.

México, Valle de Chalco, invierno
Había un escándalo enorme al doblar de la esquina, parecía un griterío de niños. Me asusté: el forastero en tierra extraña es una criatura muy vulnerable.
Pero tenía que seguir por el mismo camino, así que respiré hondo y continué.
Dos grupos de los mendigos que ya había visto por los alrededores del mercado voceaban, en una especie de reunión amigable que no pude entender hasta aproximarme.
Una viejita haraposa iba de un grupo al otro, uno de ellos la esperaba con los brazos extendidos. Una vez que ella llegó a él, la ayudaron a girarse, entonces la anciana tornó de regreso, tambaleante, hacia los brazos extendidos en la otra dirección.
Entonces vi: entre aplausos, ánimos y risa, los locos del mercado se estaban animando a estirar las piernas y mantenerse calientes. No sé por qué, pero recordé la forma en que animamos a los niños pequeños a caminar.
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