
Estaba limpiando alubias cuando vio las delgadas sombras alargarse desde la cancela. Sabía que llegarían de un momento a otro, los esperaba desde la madrugada, cuando la ansiedad la hizo levantarse de la cama y marchar a la cocina para prepararse una taza de té.
Su hijo y su esposo aún dormían. La otra esposa ya estaba ante los cuatro quemadores del fogón, ablandando algo en uno, tostando algo en otro y calentando agua en los dos restantes.
—Te oí levantarte —susurró.
Era bien joven como para ser casi su hija, había tenido una infancia con todo tipo de comodidades y una vida adolescente libre, sin restricciones de nadie, pero respetaba a la primera esposa y nunca había cometido la indiscreción de refregarle en la cara que era más joven y bella, más deseable sexualmente que ella, como sí acostumbraban hacerlo algunas esposas y esposos jóvenes a los más viejos; igual nunca le reprochó que la Primera esposa le exigiera ajustarse al orden que siempre reinó en la casa, Su orden.
—Alguna que otra vez haremos las cosas a tu manera —le había advertido Primera esposa—. Quizás llegará el día en que todo se hará como tú quieras. Pero ahora acabas de llegar y todo se hace a mi manera desde hace años. Espero que no te moleste.
No era una advertencia amenazante. No le estaba imponiendo su modo, solo indicando que ya reinaban ciertas costumbres que no podrían cambiarse de la noche a la mañana solo porque llegara alguien distinto al hogar. La segunda esposa sonrió dócilmente y se plegó sin protestar.
Poco a poco fue evidente que se parecían más de lo que en un principio se notaba, y el ajuste entre las dos se fue haciendo más sólido, cumpliendo en la familia el mismo papel de las columnas en un edificio: fuerza, resistencia, sostén.
Ambas esperaron que el agua del té hirviera. La primera esposa observó que las manos de la joven temblaban, entonces alargó una de las suyas, callosa y fuerte, y aprisionó las delicadas manitas de la otra, calmándola.
—No debemos temer —le recordó.
La muchacha tragó en seco, aprensiva, y asintió —. No debemos temer.
Al amanecer el esposo y el hijo despertaron. Recogieron, uno, los enseres de su trabajo, el otro, su mochila repleta de libros y de una máquina que había fabricado como proyecto escolar y desayunaron en una mesa cercada por el silencio.
—Di adiós a tus madres —invitó el padre al hijo.
Luego de que el niño besó a ambas mujeres el esposo se despidió a su vez, besando en la frente a cada una. Las abrazó a las dos como queriéndolas proteger de algo ignoto y terrible, sintiendo el miedo femenino bajo la piel crispada de una y otra.
—No deben temer —recomendó–, y no digan nada.
“No teman y no pregunten” era la exhortación a la gente del pueblo, el mensaje conciso que se incluía al final del aviso de llegada de los huéspedes.
Solo quedaba esperar a que ellos llegaran.
Y no eran aterradores, al menos no todos lo eran. Había de todos tipos: afectuosos, reservados, expansivos, hasta simpáticos los había. La única característica que los igualaba en su exterior era el color de la mirada, un característico bermejo, como bayas a punto de fermentarse entronizadas en las cuencas, sin dejar ni una línea de blanca córnea. Y todos exhalaban el mismo aliento de horror, de bestias entrenadas para matar, pacíficas en la superficie e imbuidas subterráneamente de un poder telúrico, capaz de explotar en abismos de brutalidad. Monstruos con forma infantil, azuzados por la química.
Una vez que las mujeres tuvieron limpio el pescado y preparado todo para cocinar, Primera esposa comenzó a vigilar el camino cada vez más ansiosa. Segunda esposa lo notó, pero no fue hasta el mediodía que se acercó a la otra.
—No llegarán tan temprano —susurró mientras cortaba rabanitos para el almuerzo —. Seguro que la otra familia los ha demorado un poco.
Primera esposa detuvo su faena con un suspiro furioso.
—No seas estúpida —contestó y Segunda esposa se sorprendió de ser tratada de estúpida por la siempre cortés Primera esposa—. No creo que nadie los demore en su casa ni les regale una larga despedida. No te engañes: nadie los quiere bajo su techo, les temen.
—Los últimos que vinieron trajeron sus bolsas llenas de comida —rebatió la joven.
—Quizás pasaron por su cuartel —objetó la otra.
—Pasteles y refresco de frutas —insistió Segunda esposa—, ¿Realmente crees que los cocineros del cuartel preparan ese tipo de comida?
Primera esposa no supo qué contestar. Terminó de acomodar los largos filetes de pescado en la bandeja y los puso al horno. Entonces salió a limpiar las alubias que su hijo y la muchacha preferían para la sopa.
En esas estaba cuando las sombras cayeron bajo su vista. Esperó que fueran delirios de cansancio en los ojos antes de decidirse a levantar la cabeza.
Allí estaban.
—Bienvenidos a casa —dijo Segunda esposa antes de que ella se decidiera a decir una palabra.
—Sí, bienvenidos a casa —secundó a la más joven y se encaminó hacia ellos.
Eran dos. Nunca eran más de dos. A veces venía uno solo y se sabía por su atroz soledad que había perdido a su compañero en quién sabía qué espantosa batalla.
Estaba prohibido preguntarles qué familia los había acogido antes, y si se encontraban con alguien que ya los hubiera hospedado en su casa, también estaba prohibido que ese alguien demostrara reconocimiento. Nadie debía preguntar sus nombres, solo se les podía llamar hijo o hija. Y debía tratárseles con toda consideración pero sin excesos, sin mimos. No eran huéspedes, eran niños eternos del ejército de los Viejos y como tal debían ser tratados.
Primera esposa los conocía bien. En toda su vida como dueña de casa, desde que contrajo matrimonio con el padre de su hija perdida, había acogido a unos treinta, a razón de dos a siete por año. Casi nunca los mismos descontando raras excepciones a las que había llamado en secreto Mina, Riz y Falia, dos chicas y un chico que vinieron más de una vez; Mina y Riz juntos una vez, luego por separado con otros, y Falia dos veces con distintos compañeros y una vez sola.
Unos se quedaban por días, otros por semanas, otros por meses. Dormían bajo su techo, comían de su comida y jugaban, reían y trabajaban. Por un tiempo eran como parte de la familia, otros hijos. Pero su lealtad era con el ejército de los Viejos. Si la familia que los había acogido cometía algún tipo de traición a las leyes y acuerdos aquellas pacíficas criaturas podían transformarse en máquinas de matar o delatar a los traidores a las autoridades pertinentes, y ejecutar el castigo sin importar que las manos que cortaban les dieron antes de comer, o que el cuello que rebanaban sostenía la cabeza de alguien conocido que les dio techo y comida.
Primera esposa no confiaba en ninguno porque además de todas aquellas singularidades los niños eternos se habían llevado a su hija Sofía, y esa pérdida, además, había matado a su primer esposo dejándola a ella viuda y huérfana, como si la guerra en la que los niños eternos debían prepararse para mantener al pueblo protegido se hubiera librado entre los muros de su propia casa.
Segunda esposa había visto de cerca menos de esos muchachos que la otra, pero no confiaba en ellos mucho más.
Había viajado y sido huésped en incontables casas, vagando como cantante nómada de pueblo en pueblo. En todas partes los vio, trabajando con sus padres adoptivos temporales, jugando con sus falsos hermanos, sentados alrededor de una mesa familiar como terribles sombras anónimas.
No era apreciable el movimiento en aquellos ojos de bermellón, al estar oculta la pupila en la niebla púrpura que producía la adicción a las drogas que el ejército de los Viejos prescribía a sus jóvenes adeptos, por eso no era posible ver hacia qué miraban. Segunda esposa los llamaba secretamente “niños muertos” y sentía una mezcla extraña de aprensión y piedad. Solo dos veces aquel sentimiento se decantó por odio y miedo.
Una vez fue cuando vio a dos de ellos bailando su Danza del Fuego, a petición de los padres de turno que evidentemente no sabían en qué se estaban metiendo al hacer un pedido tan imprudente.
Eran una pareja, ambos morenos de pelo corto y cuerpo menudo. Dispusieron que les trajeran combustible líquido y tanques de agua, antorchas y cintas de fuego. Lo primero que hicieron fue untarse una sustancia roja que les igualó la piel con los ojos. Se empaparon la cabeza de aquello y no dejaron seco ni un mínimo pedazo de su cuerpo, ni un recóndito escondite. Al final parecieron estatuas de mercurio rojo. Viéndolos la gente no pudo evitar un estremecimiento.
Luego de proceder así comenzaron a encender las antorchas. El chico bailó con ellas, lanzándolas al aire en un vertiginoso juego malabar. La muchacha encendió las cintas y pronto ambos quedaron rodeados por una tormenta de fuego; dentro de ella, sin parar la manipulación de las cintas y las antorchas, comenzaron a correr y atacarse en una coreografía de fintas, huidas, acometidas y saltos.
Cuando los aparejos empezaron a apagarse la gente lanzó gritos de temor: los cuerpos de los dos bailarines/contendientes se habían inflamado y corrían cubiertos de fuego de la cabeza a los pies, sin perder un paso de su ritmo letal, bailando como llamas en forma humana.
Al fin dieron un grito de mando y otros niños eternos que esperaban junto a los tanques levantaron los pesados recipientes y les echaron encima toda el agua, en la que se habían disuelto sustancias antiinflamables, llenando de fango negro y apestoso el campo del baile maldito. De entre el vapor surgieron los cuerpos desnudos de los bailarines, calvos y sin cejas, pestañas ni vellos en brazos, piernas o sexo, blancos por el agua que les quitó el ungüento rojo, e intactos como perlas, sin una quemadura. La gente se dispersó atemorizada, la noticia corrió y nunca más nadie en ese pueblo les pidió que hicieran nada, ni bailar, ni cantar.
La otra ocasión en que Segunda esposa vio cuán profundo era el horror que se resumía en los niños eternos fue cuando dos miembros de una familia hospedera, unidos desde hacía unos años al ejército de los Viejos, trataron de escapar.
Los hermanos ya no eran tan jóvenes como para pertenecer a la división de los niños eternos. Milagrosamente habían sobrevivido a algunas batallas y ya no recibían el narcótico púrpura, por lo que sus ojos casi habían recuperado su color original. Pero una curiosa condición genética, una rareza, los hizo adictos al antídoto y ya habían recibido las dosis que les correspondían. No tenían derecho a más y en ese estado de adicción no eran confiables, por eso también perdieron la posibilidad de convertirse en Viejos, solo podrían subsistir como esclavos.
Simplemente escaparon y regresaron a casa, donde ya los niños eternos los esperaban para matarlos, porque el ejército de los Viejos no admitía desertores ni siquiera en tiempos de paz. Ni muertos podían los adeptos volver, ya que los cadáveres tampoco eran devueltos a sus familiares.
La familia los escudó y otras dos familias aliadas se atrincheraron con ellos en una propiedad. Los niños eternos hospedados en el pueblo se armaron de fuego y muerte y arrasaron la finca matando a todos los que participaron en la rebelión, luego requisaron los niños que las tres familias habían dado en custodia para ir a la batalla sin impedimentos, y se los llevaron a sus cuarteles, cesando abruptamente su estancia en las casas de la región. Los que habían sido hospedados por las familias aniquiladas participaron en la sangrienta jugada como todos los demás huéspedes, igualmente fríos y atroces.
El pueblo sobrecogido enterró lo que quedó de los muertos y esperó que los Viejos no decretaran destrucción total para el villorio. Quizás aún esperaban que el día menos pensado cayera sobre ellos el castigo.
En más de una ocasión Primera esposa declaró que le gustaría que Sofía regresara a casa.
—Es mejor que eso no pase nunca, cuando los niños eternos vuelven a casa hay problemas –advirtió Segunda esposa y la otra le guardó rencor mucho tiempo por esa afirmación, aunque también conocía la historia de los desertores y las familias masacrados.
Segunda esposa no olvidaba ni perdonaba. Pero igual fue al encuentro de los nuevos huéspedes, los hijos temporales que tendrían que acoger por un tiempo hasta que ellos mismos decidieran marcharse.
—Bienvenidos a casa —dijo y enseguida se asustó por la expresión de Primera esposa.
Ella también fue a darles la bienvenida y antes de terminar de pronunciar la frase quedó de piedra, inmóvil frente a los niños eternos.
La muchacha tendría unos doce años. Era alta y nudosa, de piel dorada y cabello ámbar. Seguramente sus ojos también tenían esas tonalidades, se veía en el color de las pestañas y la forma de los párpados. Primera esposa la miraba con ojos de extravío y la chica la enfrentaba sin un parpadeo; eran de la misma estatura.
Por unos segundos los niños eternos parecieron de piedra. Pero entonces Segunda esposa notó que tenían las ropas sucias y los zapatos rotos como si llevaran semanas o meses caminando, y que bajo las ropas harapientas se distinguían los huesos como palos. Vendrían de algún cuartel muy lejano, quizás del mismo Cuartel Central ubicado en lo más profundo del continente. Parecían a punto de desmoronarse, con los labios agrietados y el cabello quebradizo y polvoriento.
El niño tendría unos ocho años y esperaba sin soltar la mano de la muchacha. Al fin ella abrió la boca y de sus labios partidos salieron solo dos palabras:
—…hambre, mamá —y se desmoronó sin soltar al niño que cayó arrastrado por su compañera.
Las mujeres corrieron a levantarlos y condujeron el cuerpo desmayado de la jovencita hacia la casa, seguidas por el muchacho, quien caminaba como sonámbulo.
Acomodaron el cuerpo sobre la mesa de la cocina y la examinaron con cuidado. Los huesos casi reventaban la piel apergaminada. Segunda esposa temió que se rompería bajo sus manos como una momia de desierto. Con esponja le echaron gota a gota un poco de agua azucarada en la boca a aquel cadáver hasta que vieron que sus mejillas se coloreaban.
Mientras Segunda esposa trataba de reanimar a la muchacha, Primera esposa se ocupó del chico. Parecía en mejor estado que su compañera, menos deteriorada su piel aunque los huesos también se le marcaban brutalmente.
La mujer le preparó una papilla dulce y esperó que la asimilara bien, dejándole tomar solo unas pocas cucharadas.
—No puedes comer más —regañó con suavidad cuando el chico trató de alcanzar el plato –.Tu estómago no lo aguantaría.
En vez de una rabieta, la reacción normal en cualquier otra criatura hambrienta de su edad, aquel niño extraño se plegó obediente al criterio de Primera esposa, se acomodó en la silla donde lo habían sentado y cerró los ojos. Minutos después dormía, rígido en el asiento.
Al anochecer, cuando el hijo y el esposo volvieron, encontraron a las madres lavando a la muchacha en la vieja bañadera. Segunda esposa la sostenía, metida con ella en el agua, restregando con cuidado los miembros huesudos, la espalda y el pecho hundido. Primera esposa cambiaba el agua y calentaba más. La casa entera olía a esencia de pino y lavanda. El niño, ya bañado y vestido con un viejo pijama del hijo, con las mangas dobladas muchas veces para que las manitos escuálidas pudieran asomar, permanecía en cuclillas junto a la puerta del baño, tomando leche a pequeños sorbos y vigilándolo todo con sus ojos púrpura.
—Parecen haber venido de muy lejos —le cuchicheó esa noche Primera esposa a su marido, antes de dormirse ambos en la oscuridad de la alcoba común.
—Quizás de un cuartel muy lejano —comentó el hijo a su otra madre mientras ella lo acompañaba a su cuarto.
“Lo que sí es seguro es que no han pasado por ningún hogar desde hace buen tiempo” pensó Segunda esposa, arropando al niño eterno y tocando la mejilla de la muchacha para asegurarse de que aún respiraba.
El niño se removió y gimió en sueños. Segunda esposa tomó asiento junto a la cama y luego de un momento de vacilación comenzó a cantar una vieja tonada, más vieja que ella, que el pueblo y que el Viejo más viejo del ejército. La susurró completa, deseando que los niños eternos durmieran y se repusieran pronto, y cuando terminó con el último verso una voz herida y ronca le habló:
—Es bonita, mamá. Cántala de nuevo.
La muchacha estaba despierta y la miraba.
Segunda esposa se tragó miles de preguntas y acarició el rostro frágil.
—La cantaré todas las veces que quieras, hijita, hasta que logres dormir.
La convalecencia de los niños eternos fue lenta. Hasta dos semanas después de su llegada todavía el niño se negaba a soltar la mano de su compañera y ambos deambulaban como fantasmas sin fuerza por las dependencias de la casa. Las madres consultaron a un médico del pueblo y siguieron al pie de la letra todas sus indicaciones de dieta, medicina y reposo, obligando a los soldaditos a cuidarse.
El hijo se preguntaba por qué no habían enviado muchachos fuertes como los que él ya había conocido, con los que había jugado y trabajado en anteriores ocasiones. Pero mantenía sus preguntas en secreto y ayudaba a aquellos espectros caminantes a salir de la casa, los acomodaba en el césped, bajo el sol, y los dejaba ahí, amodorrados, extrañándose de lo frágiles que parecían. En las conversaciones clandestinas que mantenía con otros niños del pueblo se ufanaba de que “los suyos” seguramente venían de alguna misión secreta y muy peligrosa.
El rostro dorado de la chica comenzó a redondearse, así como su cuerpo. Los labios del otro se revelaron gruesos y propensos a reír. Los ojos color bermellón de ambos se hicieron más brillantes y alertas, menos hundidos, y pronto la muchacha se apropió de algunas labores como el fregado y la limpieza y el chico empezó a escaparse con el hijo de la familia para pescar o jugar. Su actitud indicaba que estarían en casa por un buen tiempo.
Pareja a la recuperación de los niños eternos comenzó a crecer el recelo de Primera esposa. Su hijo paseaba mucho con el niño, la jovencita lo mimaba y le ayudaba a hacer los deberes de la escuela, como una verdadera hermana. Ambos parecían estar en toda la casa al mismo tiempo, reclamando espacios de una forma en que ningún niño eterno lo había hecho antes, al menos bajo su techo.
Los tres ya compartían juegos secretos de los que ella estaba ajena.
—Creo que es hora de que tengamos otro hijo y le demos un hermano a nuestro pequeño —le sugirió a Segunda esposa.
La joven se echó a reír.
—No será porque no lo hayamos intentado, hermana. Las dos somos fértiles, yo solo tengo veintidós años y tú eres sana y aún joven.
La risa del niño eterno llegó del jardín y enseguida los chillidos alegres del hijo le hicieron coro. Primera esposa se giró hacia las carcajadas temblando y la otra la miró con súbita aprensión, adivinando su miedo.
—Se irán pronto –tranquilizó–, Ya verás que se irán y será como si nunca hubieran pasado por aquí.
—Ojalá – gimió Primera esposa –, ojalá sea pronto y no se lleven nada esta vez.
Pero los juegos secretos siguieron y el hijo ya intentaba emular a los dos hermanos temporales en sus sesiones de entrenamiento.
El colmo fue cuando el niño preguntó a Segunda esposa cómo actuaba la droga púrpura. La piel de Primera esposa se puso lívida y sus ojos casi se desorbitaron. La otra tragó saliva e intentó dar un tono casual a su respuesta
—No lo sé muy bien. Aparentemente eleva la capacidad cerebral y potencia la conexión nerviosa de todo el organismo y el poder de cicatrización y regeneración de tejidos, por eso ellos pueden hacer movimientos imposibles que a ti te romperían un hueso, te destruirían un músculo, o jugar con fuego y curarse de forma instantánea, sobrevivir a lo que sea, hacer esfuerzos imposibles. Pero esa cosa tiene un alcaloide que crea dependencia, solo con el antídoto que crean los científicos del ejército podrían abstenerse de su uso. Se dice que los niños eternos no crecen normalmente…
No siguió explicando. No quiso hablar de los rumores que corrían sobre el proceso de fabricación de la droga púrpura, que supuestamente se sintetizaba a partir de una materia prima singular: tejido nervioso y linfa extraídos a los cadáveres de adictos (los cuerpos de los soldaditos de ojos de bermellón servían a un último propósito para perpetuar el dominio del ejército de los Viejos). Ni que la única forma aparente de vencer a un niño eterno era privarlo de su droga.
Las existencias de la substancia permanecían bien guardadas en una bolsa especial que los niños eternos tenían implantada en la parte interior de cada muslo, bajo la piel. Cada año los depósitos eran cargados y a partir de entonces solo se liberaba una microscópica dosis en el torrente sanguíneo, directo en la arteria femoral, cada vez que disminuía el nivel de droga en sangre.
Había muchas teorías, pero Segunda esposa no quería conocer ninguna, cada una era más repugnante que la anterior y elevaba en ella esa sensación de desconfianza, lástima y temor que le provocaban aquellos soldados monstruosos.
—Basta de hacer preguntas idiotas —regañó al niño–, son temas de adultos, y las preguntas sobre los niños eternos están prohibidas. ¿Quieres que tus padres sean castigados por tu desobediencia?
El niño movió la cabeza a un lado y a otro, asustado
—Menos mal, entonces no me vengas con eso de nuevo. Deja a tus hermanos hacer sus cosas en paz y no preguntes sobre ellos. Nunca más.
Primera esposa agradeció la reprimenda con una mirada de sus ojos dorados y Segunda esposa asintió gravemente.
Por algunos días el hijo no se acercó mucho a los otros, al menos no en presencia de sus madres, y Primera esposa estuvo casi tranquila hasta que sorprendió una extraña conversación entre su hijo y ella, la que no tenía nombre y las dos madres y el padre estaban obligados a llamar “hija”.
—¿Has viajado mucho? —la pregunta era indiscreta, peligrosa. Primera esposa vio el perfil de la chica dorada y notó que fruncía el ceño. Escondida tras la puerta se crispó toda al pensar que esa criatura que le obligaban a acoger podía tomar aquello como un conato de traición y lastimar al niño en castigo. “Antes la mato” pensó ferozmente al ver la suspicacia en aquel rostro, pero la niña eterna se arrellanó en el escalón y acarició la cabeza del niño, despeinándolo como lo hubiera hecho una hermana mayor.
—No tanto —fue la escueta respuesta.
El niño fue a la carga de nuevo aunque la madre a escondidas casi le gritaba que se callara de una vez y se alejara de aquel engendro.
—Seguro que sí. A mí me gustaría irme contigo.
La madre sintió cortarse su aliento, de súbito glacial y atascado en el pecho. En silencio cayó sentada junto a la puerta. Segunda esposa y su marido la vieron desde la cocina y fueron hacia ella, alarmados. Primera esposa levantó una mano y demandó silencio.
—A tus padres no les gustaría, especialmente a tus madres.
El niño rió.
—Cierto —reía sin piedad de quien pudiera estar oyendo–. Madre cree que siempre seré un niño.
—Eres un niño – rebatió la muchacha –. Al menos por un tiempo ella y tu otra madre tendrán todo el derecho a decidir por ti.
El niño empezó a dar golpecitos en la pared con dos dedos, como siempre que se enfurruñaba.
—Pero dicen que ustedes también se llevan a algunos niños.
La muchacha calló unos segundos y Primera esposa la escuchó suspirar. Fue un suspiro profundo de cansancio o de hastío.
—Algunos lo hacen —concordó—. No está del todo bien aunque es necesario.
—Tú eres de las que reclutan.
La chica se echó a reír, un sonido cantarín, dorado igual que su voz, cristal de fuego. Dorado como todo en ella, hasta sus ojos velados de púrpura.
—¿Crees que me gustaría andar acarreando mocosos por ahí? ¡No soy niñera! Ya me basta con Styx.
Enseguida se desató un griterío de risa y pareció que los dos niños se le habían echado encima a la muchacha y le hacían cosquillas.
Primera esposa se levantó con extrema lentitud.
La conversación no parecía haber terminado, solo había sido pospuesta. Esa chica bien podía ser una de esas reclutadoras que recorrían todo el continente buscando un niño en especial. Ya se habían llevado a Sofía, podía ser que todos los hijos concebidos por Primera Esposa tuvieran esa cualidad que buscaban, quizás eran más sensibles a la droga púrpura, o más fuertes, o menos rebeldes. Nunca nadie le dijo por qué se habían llevado a su hija.
La noche antes el padre saltaba con la niña en la cama y ella gritaba que se iba a la cocina y que por favor dejaran el cuarto en un estado decente. Veinticuatro horas después los padres corrían por todo el pueblo gritando el nombre de Sofía, chillando que los engendros de ojos escarlata se habían llevado a su bebé.
La gente se les echó encima. Verdad o no verdad lo cierto era que si gritaban demasiado fuerte y los niños eternos se sentían ofendidos todo el pueblo podría sufrir por ello.
Primera esposa, que por aquellos días era la única esposa, no tenía fuerzas para resistirse. El esposo luchó y al final lo apalearon. Meses después murió con sangre en los pulmones: las costillas astilladas no sanaron debidamente y ningún médico quiso ayudar.
El siguiente verano vinieron Falia y un chico de rostro huraño. La viuda los recibió con comida bien hecha y camas limpias, nada más.
Ahora la situación se repetía. Esa chica siniestra y su pequeño acompañante iban a intentar llevarse a su otro hijo, solo a intentarlo porque ella iba a estar en el camino. Y si después el ejército de engendros de ojos rojos se le echaba encima con los apestosos Viejos a la cabeza pues qué importaba.
Eso estuvo pensando todo el día, una idea que daba vueltas y vueltas sin dejarla en paz. En un momento de la noche, cuando estaban comiendo, su hijo se rió demasiado ruidosamente con un chiste que hizo la chica y Primera esposa estuvo en un tris de gritar. Levantó la mirada y sorprendió al muchacho, Styx, mirándola sin parpadear con aquellos ojos de bermellón.
Al día siguiente Segunda esposa notó que algo iba mal cuando Primera esposa dijo que le dolía la cabeza y mucho.
Ella era siempre la que se sentía mal, la debilucha que moría de jaqueca. El esposo se burlaba y entonces Primera esposa la defendía de burlas y se dedicaba a cuidarla. No recordaba una vez que la mujer mayor se hubiera sentido mal.
Igual tenía que ir a la escuela. El maestro había sido terminante: madres y padres tenían que ir a hablar con él. Si no iba Primera esposa tendría que ir ella.
—¿Estarás bien? —no quiso mostrarse demasiado preocupada para que la otra no se molestara.
—Estaré bien, vayan. Y si todo está bien con nuestro hijo llévenlo a pasear, no salimos hace semanas.
—Los muchachos…
—¡Déjalos! – tosió y suavizó el tono –, Déjalos descansar, han trabajado demasiado. De todas formas ¿qué vas a hacer con ellos en la escuela? Llamarán la atención de otros niños y se aburrirán mientras ustedes hablan con el maestro. Déjalos aquí. Se bañarán, comeremos algo ligero y nos acostamos temprano. Cómprenles algunos dulces y mañana se los daremos con el desayuno.
Segunda esposa cedió con el estremecimiento furtivo de que era un error hacerlo. Sin embargo no encontró una razón lógica para no hacer lo que le pedía la otra, de modo que ella, esposo e hijo se fueron a la escuela.
No sintió nada por el camino, tampoco al entrar en el espacioso edificio donde estaba la escuela. Habló con el maestro y recogió algunas tareas especiales que le recomendaban a los niños de la clase avanzada. Vio una clase y almorzaron juntos antes de salir a pasear por el pueblo, a ver el carnaval de juegos mecánicos que habían instalado en las afueras de la villa.
Pero en el campo de juegos un grupo de acróbatas y comefuegos le recordaron la espeluznante diversión de los niños eternos con llamas, y gritó sin querer cuando encontró al fin la razón por la que Primera esposa querría quedarse sola con los “huéspedes”. Y cuando otras cosas extrañas que había pasado por alto se unieron en su cabeza conformando un puzzle de posibilidades aterradoras.
—¿Qué pasa? – se alarmó su esposo.
Trató de calmarlo para no asustar al niño.
—Estoy preocupada por la gente en casa. Y muy cansada también. Creo que será mejor que me vaya.
—Muy bien —el hombre llamó a su hijo, dispuesto a irse a casa también.
—No, quédense – Segunda esposa trató que él no viera su temblor –. Pocas veces tenemos la oportunidad de pasear y divertirnos. Yo iré derecho a casa y me acostaré. Cuando ustedes regresen todos estaremos durmiendo.
“O muertos” pensó y una risita histérica pugnó por abrirse paso hasta su boca.
Caminó lentamente, doliéndole la lentitud de cada paso, hasta que estuvo segura de no ser vista por su esposo e hijo. Entonces corrió empujando a la gente enmascarada y festiva. Corrió por las calles vacías uniendo una sombra con otra, veloz y segura de que no iba a llegar a tiempo.
En su confusión y odio, Primera esposa podía no notarlo pero ella sí: los ojos dorados debajo de la niebla roja, las pestañas cobrizas. El pelo, cortado a cepillo pero aún distinguible su color de miel. Las manos delgadas y duras. La misma estatura, curvas parecidas…
Debía apresurarse o sería una catástrofe.
Esperaba que Primera esposa se dirigiera a la chica primero, que la creyera más fuerte, y entonces reconociera al fin a su propia hija.
El más fuerte era en realidad el niño: la droga púrpura era más potente en los organismos más jóvenes. Si Primera esposa lo supiera lo mataría a él y después iría por Sofía. Sería desastroso porque ya habría matado al niño o él a ella.
Segunda esposa llegó a la casa. Trató de abrir la cancela pero el pequeño rastrillo se oponía entre chirridos de metal. Al final pateó la verja y corrió por el camino que unos meses atrás habían recorrido los niños eternos para entrar a su hogar.
La casa estaba oscura. No sabía por qué había esperado luces y gritos, pero la casa estaba oscura e inocente y silenciosa, como si nada hubiera pasado. Casi tiró la puerta y entró frenética. Corrió hasta la habitación de los huéspedes esperando lo peor.
Primera esposa estaba sentada en la puerta, llorando. La otra la apartó de un empujón y entró. Los niños eternos dormían en sus camas. La muchacha tenía la boca abierta y roncaba un poquito. Una mano del chico se había salido del lecho y colgaba.
Segunda esposa le remetió la mano bajo la colcha y acomodó a Sofía para que respirara mejor. Ambos se quejaron un poco, adormilados, pero no parecieron despertarse. Luego salió temblando de la habitación, ayudó a Primera esposa a levantarse y la condujo hacia la cocina.
Dentro del cuarto los soldaditos abrieron los ojos, se miraron, suspiraron y los volvieron a cerrar.
Sofía se acomodó de costado, de espaldas a Styx, y se tapó la boca, respirando fuerte y apretando los párpados.
Las esposas tomaron café frío, esperando que el hijo y el esposo regresaran.
—Es ella –dijo al fin la mujer mayor –, La reconocí.
La mujer más joven asintió y sus dientes castañetearon contra la taza.
—¿Crees que regresó a casa? ¿Crees que mi niña volvió a casa al fin?
Segunda esposa se lo pensó unos segundos. Recordó más de una vez haber notado que la eterna miraba a su madre de forma extraña. Recordó a Styx observándolas a ambas y cómo Sofía se volvía hacia él y negaba con la cabeza. Cómo la muchacha acariciaba la cabeza de su hermano y se sentaba con él a hacer las tareas. Cómo alargaba la mano hacia el hombro de Primera esposa y cuando esta se volvía y la miraba, exasperada, Sofía recogía la mano rápidamente y se pellizcaba los labios, ansiosa. No podía decirle eso, no podía. Así que mintió.
— No creo que haya venido como hija, ni siquiera que sepa quién es. Pienso que los Viejos cometieron un error al mandarla aquí.
— O tal vez no –susurró Primera esposa. –. Tal vez fue una maniobra bien pensada, para que nadie olvide que cualquiera de ellos podría ser hijo suyo.
Cuando esposo e hijo regresaron las encontraron sentadas en silencio a la mesa. No contestaron ninguna pregunta ni hicieron ademán de irse a dormir, inmóviles y ojerosas las dos como lloronas de un funeral después del entierro, cuando ya no queda nada que llorar.
Al día siguiente, en el desayuno, los niños eternos devoraron los caramelos que les habían traído y anunciaron que se iban.
Junto a la verja medio desprendida se detuvieron los niños eternos. Styx, con la carita enfurruñada, se paró del lado de afuera, junto al camino, molesto por tener que irse tan pronto pero igualmente resignado. Sofía miró a su madre un largo tiempo y sonrió a las dos mujeres.
—Adiós mamá –le dijo a Segunda esposa. Entonces se volvió hacia su madre y le acarició el rostro con un dedo–. Y adiós… mamá. Lo siento por papá. –tragó saliva y apretó la mano de Styx con fuerza–. Yo te quise.
Se fueron sin mirar atrás y la madre joven tuvo que sostener a la vieja. Las sombras se perdieron al doblar la esquina: era hora de ir a buscar otros padres, otros hermanos, otro lugar.
Genial, como nos tienes acostumbrados. Lo reblogueo.
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Reblogueó esto en La choza de Crixusy comentado:
Un gran relato cargado de sentimientos encontrados. Lean y comenten, que la autora lo merece.
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