¡Sobrevive!

En octubre del 2018 matricularon en mi carrera los chicos que hoy cursan el tercer año. Ellos apenas lo recuerdan, o no con muchos detalles, pero pasaron por mis manos y me contaron sus sueños de futuro.

En un ejercicio iniciático, debían reflexionar acerca de lo que estarían haciendo en el futuro y cómo proyectaban llegar ahí. Tenían que trazarse una serie de objetivos, el plazo para cumplirlos y las vías y recursos a emplear para lograrlo.

La usual serie de locas expectativas desfiló por el taller:

«Iré a Tomorrowland después de graduarme»

(Profesora con rostro de póker y pie moviéndose bajo la mesa, espasmódicamente ansiosa y asustada)

«Comprarme una casa propia y tener un negocio»

(Ja, ja, ja ¿Le dicen ustedes o le digo yo?)

«Viajar por el mundo»

(😳)

«Cantar con Beyoncé y ser modelo de tallas grandes»

(Este prometía y va en camino 😊)

Y acompañando aquellas quimeras los sueños arquetípicos de todo jovencito: pareja, familia, un trabajo que me guste, ayudar a mis padres, hacer una maestría, ser profesor de la universidad.

Hasta ahí todo perfecto. Pero proyecto de vida que se respete lleva un análisis de obstáculos y formas de vencerlos. Ahí es donde los alumnos suelen empezar a jugar y reírse de sí mismos, donde liberan las fuerzas imaginativas más oscuras y burlonas. O donde confiesan aquello que más los acompleja o atemoriza.

Aterrizando los sueños a la fuerza

Algunos hablaron de su insuperable rechazo a estudiar, de problemas económicos, de falta de recursos, de falta de apoyo, de la posibilidad de embarazos, enfermedades, accidentes. Otros confesaron que la carrera no era lo suyo y que en realidad buscaban irse a otra.

Todo a tono con realidades posibles hasta que uno de ellos puso como obstáculo una epidemia de proporciones mundiales, y el aula enmudeció.

Días antes habíamos vivido el desastre del vuelo 972 y el miedo, la tristeza, la conmoción ante un desastre inesperado, no les eran ajenas. Pero ni la imaginación más calenturienta y morbosa les alcanzaba para pensar siquiera en un evento tan horrible como una pandemia.

-¡Cállate! -le dijeron al de la ocurrencia-. No es gracioso.

Y seguimos soñando el futuro, trazándolo, diseñándolo como quienes construyen ciudades con cubos de lego. Las ciudades que querríamos habitar.

Las pesadillas de la distopía

Tal vez debí pedirles que sí, que pensaran en una distopía, sin miedo. Que soñaran qué podrían hacer en ella, cómo sobrevivirían, qué equipaje imprescindible creían que debían llevar, cómo se unirían para sobrevivir, cuáles serían las prioridades y cómo íbamos a mantener sana nuestra humanidad.

La próxima vez que un alumno juegue a evocar desastres, no intentaré detenerlo. Pero ya sé cómo le debo acompañar para soñar entonces las salidas posibles.

Para que la siguiente distopía no nos agarre dormidos y autocomplacientes. Para que aún en medio de la oscuridad que no podemos evitar, nadie se pierda.

Para que no sea un pedido vano decirle a nadie:

¡Sobrevive, para que al otro lado nos volvamos a encontrar!

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