
Yo no fui una hija planeada.
Mis padres eran muy jovencitos cuando tuvieron a mis hermanos. Cuando yo llegué, ambos estaban ya criados. Juan y Juana eran padres jóvenes, humildes y con una profesión en desarrollo y dos hijos grandes.
Era el último año de la década del setenta y la economía no andaba tan mal. Por lo menos comida no faltaba. Quizás si me hubiera dado por llegar en los noventa otra hubiera sido la historia.
Mis padres no andaban muy convencidos, de dejarme llegar o de cerrarme la puerta. La presión social también hizo su parte en la confusión.
—¿Estás loca? ¿Con dos hijos ya criados?— decían unos
—No creo que sea el mejor momento, Juanita— dijo un jefe y mi madre lo mandó a freír tusas. No a mi estilo grosero porque ella siempre ha sido una señora muy correcta, pero sí con un argumento bien contundente:
—En estas decisiones no le doy derecho a opinar ni a mi madre. Esto es cosa de mi esposo y mía, a usted no le importa.
Pero igual se lo pensaron. Y al final la presión y las preocupaciones los llevaron a pedir cita para una interrupción. No estaban nada convencidos porque, aunque en mi familia no somos provida ni antiabortos y sí muy entusiastas de los métodos anticonceptivos, el control de natalidad y las responsabilidades reproductivas, nos gustan los niños. Es de familia, qué le vamos a hacer.
A este panorama complicado y confuso se unió el clima.
https://es.m.wikipedia.org/wiki/Hurac%C3%A1n_Frederic
En el mismo día de la consulta, la tormenta Frederick, una de las más destructivas de la década, decidió reorganizarse al lado mismo de la Isla de la Juventud. Los vientos y lluvias de septiembre, invitados de todos los años, se convirtieron en puro aguacero de raíles de punta y rachas enfurecidas.
Mi madre llegó a la casa ensopada y con las greñas revueltas.
—Yo creo que no se va a poder— le dijo a mi padre, a lo que él contestó, aliviado, que estaba bien. Y tuve permiso para venir.
Oricha ni abaya oyú ewa ovansa
Muchos años después le hice este cuento a una amiga muy religiosa, en medio de una fiesta. Tuvo un gesto extraño que todavía me da escalofríos cuando lo recuerdo. Se levantó, me llevó al balcón, alejándome de la música, y me dio un beso en la frente.
—Yansá puso su mano, Olò, dame un abrazo.
No comparto su fe. Tampoco la de muchos de mis amigos. Soy agnóstica y eso a veces te coloca en la triste posición de sentir que no tienes nada a qué aferrarte. Pero no puedo negar que la fe es algo poderoso.
Tal vez sea muy irrespetuoso de mi parte, y que me perdonen mis amigos que sí creen: yo no creo como ellos. Pero creo en la fuerza de su fe, de su bondad y en el poder de sus buenos deseos.
Así que si, según ellos, Oyá puso su mano para que yo naciera, les pido humildemente que le rueguen por Cuba y el mundo. Que ponga su mano y aplaque esos vientos que vienen.
Necesitamos toda la ayuda que pueda venir. Han sido dos años demasiado feos, y los que estamos vivos, por amor, milagro o pura casualidad, necesitamos seguir vivos y sanos.
Con tus nueve rayas en el rostro y tus nueve sayas de colores, luces tu majestuosa presencia, haciendo remolinos así en lo alto como en lo bajo, y con tu risa arrastras con todo lo malo, llevándote las enfermedades y los malos vientos a donde a nadie le alcancen.
¡Jekua Jey Yansa! Epaieio Oya.
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Así sea, amor
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