Malsonante

En esta semana mi hijo y yo hemos visto tres o cuatro veces la película «TOC-TOC» (repetimos hasta que nos aprendemos los parlamentos, lo hemos hecho con Cars, Buscando a Nemo, Hermano oso… Somos raros)

¿Y las partes más repetidas? Exacto: esas mismas. Un elegante y correcto Oscar Martínez desdoblado como Federico Palomero, paciente con Síndrome de Tourette de tipo coprolálico, haciendo gala de un repertorio infinito de groserías. Particularmente nos hacen reírnos mucho las invectivas «putarraca», «guarra» y la estrella del léxico: «putón patrio»

He tenido que explicarle al enano por qué no las puede repetir, qué es el Síndrome de Tourette coprolálico y, a veces, qué significan esas palabrotas. Algunas son demasiado locales.

He conocido gente muy malhablada en mi vida. Más que yo. Así que en comparación, la que escribe esto es un ángel. Confieso que soy malhablada. Pero no demasiado. En una escala del 0 al 15 yo estoy más o menos en el 8.

Me gustan las palabrotas. Son necesarias y naturales, una excelente válvula para liberar presión. Pero como todas las palabras con sentido, tienen cierto poder y este se gasta con la saturación y la repetición.

Por ejemplo. En mi barrio se abusa de dos palabrotas muy sonoras y auténticas: pinga y singao. Las dicen tanto que ya no las oigo. Y por supuesto, no oigo el resto del discurso al que van unidas lo que provoca que no escuche ni tenga en cuenta lo que mis interlocutores me dicen.

-Mija ¿tú no me oyes? -pregunta una de mis vecinas, quien usa las palabritas de referencia como relleno y muletilla.

Y tengo que confesarle que no, que no la escuché.

-Oye pa’cá, cuando el singao de la carretilla empiece a gritar, tú baja rápido porque si no, no vas a coger ni pinga. Espabílate, que no puedo estar siempre dándote la luz.

Reconozco la sabiduría en sus palabras. En efecto, si no me espabilo, ni el sol me va a dar y los aguacates están difíciles de conseguir. Con ella me entiendo bien.

Conocí a una excelente profesional que, fuera de los espacios de trabajo, combinaba jergas regionales, un muy definido acento santiaguero, jerigonza barrial, vocablos en inglés, francés e italiano y palabrotas. Era un discurso pintoresco que hubiera hecho ruborizarse a un corsario y ella lo usaba con gracia divina. Se hacía entender muy bien, pero me aterraba que se le escapara aquello en alguna reunión. Sin embargo, no: compartimentaba bien. En las reuniones y otros espacios formales era, y sé que sigue siendo, una comunicadora excelente y profesional. Algunos tienen esa habilidad.

Otros, como yo, no tanto. Y después de casi seis meses hablando como me da la gana, me temo que se me puede escapar una palabrota en el momento menos pensado y oportuno.

Así que ya saben: no es a propósito, es un escape a la presión acumulada. No se ofendan conmigo, no lo hago por mal. Es el barrio, las pelis, la ansiedad y la falta de autocontrol. Ya se me pasará y volveré a ser tan correcta como siempre. Lo juro por mi… concha

10 comentarios

  1. Agotado. Siento que las “malas palabras“ son herramientas muy útiles. Hay momentos en que el efecto de soltar un par no tiene precio, y no sólo me refiero a momentos de ira o estrés. Hay expresiones que una buena palabrota con sabor vuelve legendarias, especiales, ricas vaya. Y hay ambientes en que no usarlas es de muy mal gusto. Por otro lado, bien usadas, vaya con arte, provocan un placer juguetón que se te sube a la cabeza y te hace el día. El punto está ahí: que si se abusa de ellas además de convertirlo a uno en un desagradable, además de poco adaptado en ciertos entornos, pierden efecto. Se disfrutan menos, vaya. Y lo otro es que no todo el mundo sabe apreciar el arte que lleva soltar una grocería bien colocada, inesperada y ocurrente. Conmigo no tienes lío. Me desagrada la gente grosera con la misma fuerza que la gente mojigata. Lo demás es pinga. 😂😂😂

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  2. Soy partidario de los tacos o las palabrotas y hago uso frecuente de ellas porque simplifican el lenguaje y permiten decir las cosas sin rodeos ni eufemismos. En ese aspecto tuve un padre ejemplar, siendo viejo anticlerical, soltaba terribles denuestos relacionados con los clavos de Cristo, las vírgenes y otras figuras del santoral. Una forma de oposición al franquismo y a la beatería reinante.

    Un abrazo

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