
Tengo un conocido médico, que a pesar de sus muchos años de trabajo, confiesa que todavía le es difícil lidiar con el pudor.
Un paciente avergonzado es algo muy difícil de manejar -dice- Y lo peor es que no puedes convencerlo de que para ti es algo de lo más normal, que no te corta un pelo.
Tiene mil anécdotas sobre pacientes pudorosos, y ha tenido que aprender a tranquilizarlos para hacer su trabajo.
Pero uno debe sus casos más divertidos fue el de una muchacha que casi murió de vergüenza cuando le tocó quitarse la ropa. No había manera de animarla o tranquilizarla. Estaba muy avergonzada, sobre todo, de sus braguitas con una redonda cola de conejo bordada en medio del culo.
Ahora ese tipo de lencería podría ser considerada lo último en el morbo furry y, de hecho, se venden como pan caliente. Muchas quieren lucir sensuales colas de conejo en medio del trasero. Pero en los noventa esas eran guanajadas infantiles o extravagancias tontas y qué pena que alguien te las viera.
Mi conocido le explicó de todas las formas posibles que él y, por extensión, todo el personal de salud, no andaba juzgando cosas como la belleza, la falta de belleza ni la lencería, que incluso los olores y la calidad de la higiene eran solo datos para entender el estado de salud, no más. Al final logró tranquilizarla y hacer su trabajo, pero quedó con una gran insatisfacción.
Qué lindos estaban aquellos blumers con colita -me contó- Y yo, que después de toda aquella cantaleta para convencerla de que no me fijaba en eso, no le pude preguntar donde los consiguió. Lástima, a mi novia seguro le iban a gustar.