
En mi familia hay una larga tradición en el respetable y muy reconocido deporte de pescar tierritas.
Es una disciplina deportiva que la gente modesta debe conocer muy bien. Yo diría que llega a la categoría de arte, con mayúsculas.
En lo profundo de un bolsillo te puedes encontrar de tres centavos a un peso y con mucha suerte, un cuc. Mi madre y yo hacemos revisiones exhaustivas antes de lavar la ropa, pero a veces se nos escapan algunos menuditos. Y en las carteras suelen esconderse una que otra monedita.
Esas tierritas, bien sumadas, pueden dar un terreno decente al menos para resolver algunas cosas. Transporte, una merienda, un café, el pago del sindicato, una compra pequeña y estratégica. Yo digo que la tierrita unida jamás será vencida, y que la tierrita oportuna salva vidas.
A cada rato damos una ofensiva en los abrigos, los que se usan cada vez menos y podrían estar escondiendo alguno de esos minúsculos tesoros, cada vez más ínfimos tomando en cuenta el aumento de los precios, la depreciación monetaria y la emergencia triunfal, victoria sobre nuestro estómago plebeyo, de la MLC.
Y como el legendario grito de «¡zorro en el campo!», la pesca de tierras tiene un chillido tradicional «Miren, encontré una tierrita». Este grito triunfal ha ido bajando en volumen al mismo ritmo de la pérdida de valor del hallazgo, el cual se ha vuelto cada vez más raro, más improbable.
La última vez que lo practiqué y avisé a todos de mi éxito (hallé 3 cuc en monedas, regadas en el forro de una vieja mochila que tintineaba absurdamente) mi hijo, mirándome con el sarcasmo propio de la adolescencia y algo de lástima, me contestó: «¿Una tierrita? Bah. Eso no da ni pa sembrar una violeta»
Una buena calistenia del ahorro compulsivo es todos los días, al llegar a casa, meter en una latica todos los centavitos (0,01 cent) y otras moneditas menores. Al cabo del tiempo has ahorrado varios pesos.
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Si no le dejas una moneda, dale un me gusta a la autora… Que se lo merece.
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