
Odio el bullying. Lo odio visceralmente. Lo odio como odian las víctimas. No abrigo resentimientos permanentes: el rencor es una de esas cosas que me pesan demasiado para cargar con ellas. Pero esto nunca he podido perdonarlo.
Ya conocía esa plaga en mis huesos, desde los 12 años. No sabía cómo se llamaba o por qué a mí ni como detenerla. Para un niño es demasiado grande y complicada para explicarla, demasiado inasible, como un virus. Solo ves los síntomas pero únicamente si estás mirando o si los experimentas en tu cuerpo.
Estoy escribiendo en medio de una reunión de profesores. Están hablando de ética y moral y valores, están hablando de formación ciudadana, de responsabilidades pedagógicas, de ideología, de «el arte y la ciencia para educar»… Es muy bonita la academia, muy verbosa, habla lindo… Pero no aterriza, no asimila que esto pasa en el punto ciego, que ellos en realidad no lo ven, no baja al problema, no ofrece lo que yo quiero oír, lo que yo necesito. No me dice cómo evitar que en mi hijo se repita lo que yo pasé, no ofrece alternativas reales, factibles, de educar para que la violencia y la tristeza no sean el sempiterno «estado actual» cada vez que alguien investiga.