El cóndor

Me dijeron que al fin traerían un cóndor.
Nunca pude ver uno de cerca, lo más próximo allá en Bolivia, por el Paso del Cóndor. Y solo vi un punto en la inmensidad cuando los guías gritaron “que viene”

No entendí cómo podían, dentro de tanto infinito azul, diferenciar al pájaro majestuoso de un volátil cualquiera.
Entonces me fui al zoológico, a resolver mi frustración. Hacía frío en el húmedo amanecer y a mi lado, junto a la jaula en forma de bóveda, tiritaba silenciosa una muchacha vestida como para un verano ya ido.
Allí dentro, rodeado de barrotes, huesos y perchas, caminaba un triste pajarraco polvoriento que arrastraba por el piso mugroso su par negrísimo de alas impotentes.
–Mira que somos imbéciles – suspiré – ¿Para qué teníamos que meter en una jaula al cóndor?
La muchacha a mi lado existió por un segundo y contestó mi pregunta con una sola palabra: –¡Envidia!

Un comentario

  1. Cuando era chiquita, asustaba a mi hija conque un pájaro grande vendría al patio si no se comía la comida. Cómo me exigió verlo, la llevé a ver el cóndor del zoológico de 26.
    Sí, soy ligeramente cruel. Pero a ella se le pasó el miedo a pájaro grande y se ríe con la historia.
    Mejor algo real que el coco, dice.

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