Corta historia de una flor de papel anaranjado

Esta flor tiene, semanas más, semanas menos, la misma edad que tendría mi último hijo, el que no vino.

Hace poco leí la crónica de Elaine Díaz https://eltoque.com/el-dia-que-me-quise-morir-violencia-obstetrica-cuba/(espectacular, por cierto) sobre la violencia obstétrica a que fue sometida en el parto de su hija. Y en otro momento infortunado tuve una casi discusión con un conocido acerca de si había o no violencia de género en Cuba. Él dice que no y me califica de «creída», activista de pantalla y defensora de causas ajenas (?!) solo porque le dije ignorante y lo mandé a documentarse y sacar la cabeza de su pene por un ratico.

Entonces recordé que tenía esta flor.

No puedo decir que haya sido sometida a los peores actos de violencia que pueda sufrir una mujer. Sería una falta de respeto con las verdaderas víctimas que me alce a gritar por mis agravios aunque algunos de esos agravios ameritan que forme mi liíto.

Pero uno de esos agravios, chiquito, minúsculo, doloroso hasta más allá de lo soportable por las circunstancias en que ocurrió, aconteció en la misma época en que plegué esa pequeña flor anaranjada.

Yo hago origami cuando sufro. La ansiedad, el miedo, la preocupación, la tensión de la espera y la tristeza son canalizadas a través del papel doblado. Y mientras más armónicos y complejos sean los dobleces, mientras mejor doblados sean los modelos y más sean, así de parejo será el sufrimiento que canalizo. Esa flor que me cabe en la mano es casi perfecta, esa flor era yo llorando, yo gritando.

Estaba embarazada. De una relación reciente y problemática, con 38 años cumplidos y una historia previa de poca salud. Embarazada al cabo de 14 años de mucho cuidado y precaución. Por eso cuando oigo a la gente acusar de descuidadas a las que van a abortar, me molesto: pueden existir muchos métodos de control de natalidad pero para salir embarazada basta hacer el amor y tener ovarios y útero funcionales. Un solo método que falle y ya: el óvulo y un espermatozoide hicieron de las suyas.

Solo había una solución y era abortar. Ni el momento era propicio, ni mi cuerpo estaba preparado, mi trabajo estaba en un momento pico, mi familia lo calificaría de problema y el potencial padre no era (aún no lo es) muy apreciado, y, para ser realistas, ni casa propia tengo ¿donde carajo iba a poner la cuna? ¿en mi cabeza?

La ayuda vino en forma de asesoría, movilización, consejo y, muy importante: puertas abiertas. Acá en Cuba las puertas abiertas por recomendación se han convertido en un capital valiosísimo. «El que no sabe es como el que no ve» dice un proverbio de viejos, así que una persona amiga me dijo lo que tenía que saber. Y vino bien porque mi última regulación menstrual (no por embarazo, sino por un capricho hormonal) había sido veinte años antes y muchas cosas han cambiado desde entonces. Esa misma persona me dijo a quien acudir y como «el que tiene amigos tiene un central» (otro proverbio de viejos) arropada con su nombre fui al lugar correspondiente. Podía haber ido por mi cuenta cuando me enterara cómo era, pero hubiera demorado y en lo que unos médicos me mandaban para allá y unos laboratoristas me mandaban para acá, y unos y otros decidían si esa casi cuarentona aún no barrigona iba pa’llá o pa’cá, el tiempo se pasaba y tú ves que al final iba a tener que ponerme la cuna en la cabeza y ahora la crónica sería otra.

Aborto farmacológico. Muy cómodo, dicen. Si funciona a la primera. En lo que esperaba la primera dosis, empecé la flor de papel. Tenía miedo. ¿Iba a doler? ¿Sería incómodo? ¿Funcionaría? Y tenía rabia contra mí, me sentía irresponsable y culpable. El embrión estaba bien implantado, puedo no ser muy saludable, pero dos embarazos previos (uno ectópico) me han demostrado que al parecer, soy una buena cuna. Amo la vida y a los niños, y la concepción la veo como una especie de milagro. Pero no era el momento. Tomar la decisión no fue como tomarse un café, hubo mucha reflexión, mucho cálculo y no pocas lágrimas.

Lo menos que necesitaba eran recriminaciones y gente tildándome de descuidada o irresponsable o tratando el tema a la ligera. Me revienta que haya personas con tal desvergüenza y falta de empatía que salgan con guarradas como «debes tener al bebé», «deberías sentirte culpable», «lo que estás haciendo está mal»…

Empezó con el primer ultrasonido, donde la técnica exclamó, parece que haciéndose la chistosa, «¡Embarazadísima!» y ahí tuve mi primer encuentro con la falta de profesionalidad. No me molestó tanto: estaba más concentrada en la cara de preocupación de mi pareja, quien no dejó de acompañarme en ningún momento. Esto último fue una ventaja de la que muchas no gozan. Por lo que vi en las sucesivas consultas, parece que en todo lo concerniente a embarazo,aborto, ginecología, los hombres que no trabajan en salud padecen una extraña alergia.

El otro ultrasonido, el que se realiza antes del aborto farmacológico, fue hecho con extremo cuidado y respeto a mi persona. Pero en una consulta tan atestada de gente entrando y saliendo que hasta la amable doctora estaba tensa.

La primera dosis fue, igualmente, en una consulta atestada donde las pacientes entrábamos, nos quitábamos el blumer y subíamos a una camilla, sufríamos la molesta manipulación íntima con miedo de que la cortina se abriera de pronto. Saltábamos de la camilla y apenas daba tiempo a ponerse de nuevo la ropa interior antes de que una nueva paciente entrara a someterse. Yo tuve la precaución de ir con ropa cómoda, una saya, pero otras, menos expertas en maniobras ginecológicas o simplemente poco previsoras, fueron en pantalones. No quiero imaginar sus odiseas en miniatura. Yo dejé para después el ponerme mi ropa interior: para que nadie me apurara, me la puse en el pasillo.

Solo entonces me dijeron que no precisaba quedarse en el hospital durante todo el proceso. Ya mi pareja y yo nos habíamos estrujado las meninges. Primero pensando cómo explicar que no era necesario que me quedara, ya que vivo apenas a dos cuadras del hospital, luego, cómo justificar mi ausencia de casa en las horas que requiriera la acción del medicamento. No olvidar nunca que era un proceso que estaba sucediendo sin aprobación ni conocimiento del resto de mi familia, en días laborables y con mucha angustia alrededor.

Debía volver seis horas más tarde a recibir la otra medicación complementaria. Así que me fui a mi cama, a esperar que no doliera demasiado ni el cuerpo, ni el alma. No dolió el cuerpo (de hecho, el cuerpo y el embrión ni se enteraron… más adelante hablo de eso) aunque el alma se retorció y estuvo cavilando todo el tiempo a lo largo de esas seis horas interminables.

Llegado el momento de ir por mi medicamento, llegué a (costumbre ya) otra sala de espera repleta de mujeres ansiosas, de las cuales tres ya habían abortado y solo iban a revisar si todo estaba bien. Estas fueron redirigidas a otro especialista. Las otras fuimos desfilando con un médico muy joven de expresión burlona que, no sé cómo habrá tratado a las demás, pero conmigo quiso practicar su vis cómica.

«¿Qué edad tiene?» preguntó mientras me metía las manos y arrancaba coágulos. Se la dije, aún cuando lo vi un par de minutos antes hojear el expediente clínico donde, como es lógico, aparecía mi edad entre todos los otros datos personales. «¿No está un poco vieja ya para estas cosas?»

Siempre he sido una bocona de armas tomar, pero la agresión fue tan palpablemente cruel que me quedé sin aire, no pude reaccionar y no fue por el dolor de la maniobra. Con una sola pregunta este joven profesional me dijo vieja, irresponsable e imbécil. Con una frase mostró desprecio, condescendencia y falta de empatía.

Mi pareja creyó que yo lloraba por el dolor. Pero era rabia y me la tragué porque si llego a decirle la razón real, va y, muy masculinamente, le hubiera descoyuntado la quijada al médico. Luego la culpa sería mía por «exceso de susceptibilidad» ya que no tendría lógica, según patrones legitimados por práctica y hábito, sentirse ofendida por tan poco.

Ya mi flor de origami estaba a medias. Había tenido que interrumpirla varias veces, entre consulta y consulta y corre pa’quí, corre pa’llá, y las manos que sudaban, temblaban, fallaban. La pobre durmió esa noche, a la mitad de dobleces, en el piso, al lado de mi cama. Se me cayó de la mano: con miedo a no dormirme por la molestia o a despertarme en plena noche con las contracciones de la expulsión, me acosté en el borde. No hubo dolor, solo un extenso letargo lleno de sueños laboriosos y agotadores.

Al amanecer, con todas las urgencias de la mañana resueltas y una urgencia más por resolver (era el cumpleaños de mi hijo) volví a la consulta sin nada qué reportar. De veintidós sometidas al proceso, catorce no tuvimos nada qué reportar esa mañana. Si un método de enseñanza me da tan malos resultados, yo dejo de utilizarlo, ipso facto. Las pastillas para el aborto en trece mujeres pasaron sin provocar más cambios que hacer inviables sus embarazos. Pero los sacos placentarios con el embrión se quedaron ahí. En una de ellas el embrión aún sería viable por un par de días, hasta que se enterara finalmente de que lo habían bombardeado con misoprostol. Y esta tenía que ser yo.

Cuando me hicieron el ultrasonido, la amable doctora tensa no hizo ni una mueca, pero la estudiante a su lado soltó «está como si nada» y la doctora la silenció con un gesto. Luego la escuché explicarle a la otra muchacha que lo menos que necesita una mujer en este trance es que le digan que ha sufrido por nada y que perdió su tiempo «ya es bastante con que tenga que subir al salón»

Subir al salón… Dicho así suena… Normal: «subir al salón» Para mí subir al salón sonaba muy, muy mal. Mi experiencia previa con la anestesia era pésima. Nunca me había hecho un legrado y conocía la mecánica elemental del proceso de curetaje, que me parecía aterradoramente invasiva. Era el día en que mi hijo cumplía doce años y lo menos que quería era sufrir un contratiempo grave o incluso morirme y hacerle el peor regalo de cumple que se le puede dar a un ser amado. Así de asustada estaba yo.

Así de larga fue la espera y la flor de papel fue terminada en una enorme sala donde cerca de veinte mujeres chachareaban nerviosas mientras veíamos cómo las camillas de nuestras compañeras anestesiadas salían del salón con intervalos de quince minutos entre una y otra. Muy parecido a una máquina de hacer churros. La medicina gratuita es una bendición, pero su carácter masivo debería ser manejado de un modo menos despiadado.

A tal volumen llegaba el chachareo que más de una vez nos mandaron a callar, por maleducadas «chusmas» y nos mandaron a callar doctoras, de modo muy poco profesional, como hartas, hastiadas de tanto trajín con carne femenina. Una paciente trató de protestar y la silenciaron con el argumento de que «ustedes se embarazan, irresponsables, y luego vienen aquí a protestar y exigir, y en un mes más vuelven igual para volverse a hacer otro aborto»

Quise gritar que no era mi caso, que qué derecho tenía a ofender a gente que no conocía en lo absoluto, pero aquella siguió con su diatriba «porque algunas caras aquí estoy cansada de verlas» y me miró.

Hice el último doblez de la flor, ya terminada, y pensé que podría ser peor. Que otras lo han pasado peor. Que otras muchas personas que he conocido y trabajan en salud sí son empáticas, comprensivas profesionales, respetuosas. Que no me iba a morir, que iba a seguir adelante.

Y de pronto la muchacha de al lado, la que venía atrás de mí en la fila, me agarró la mano para que no estrujara la flor. «Yo te la cuido» me dijo «Ve, que te toca ahora»

Casi un año después pienso que no fui tan agredida, aunque sí lo fui. Que no es un bofetón, un grito, una puñalada el único modo de matarte. Como decía mi padre «no es lo que te jode, sino lo seguidito que lo hace» Es el pequeño insulto que se legitima por práctica, la burla que se vuelve costumbre, la omisión, la ignorancia y sobre todo, el decir que no hay razón de alarma, que todo está bien. Porque si no hay alarma, si no hay cuestionamiento, nada se hace, nada cambiará.

Miro la flor y pienso que me la llevaré conmigo a donde vaya, como el doce de febrero a las tres de la tarde, cuando me desperté y la muchacha demacrada de la cama contigua me alcanzó el pequeño trozo de papel «toma, me dijeron que te la guardara» Por ella, por mí, por todas.

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